martes, 8 de noviembre de 2016

La maleta

La maleta

No consigo acostumbrarme a que la habitación de Mar este siempre tan ordenada. Hace apenas dos semanas que se fue a Munich y ya echo de menos su ocupación avasalladora del espacio. Siempre he entendido el desorden como síntoma de creatividad y por ello no he puesto demasiado empeño en educarla en lo contrario. ¿Será por eso que me duele tanto este orden impuesto por la Terminator? En casa siempre nos ha gustado cambiar los nombres, por eso Vanessa, la chica que nos ayuda en las tareas de limpieza es la Terminator, el cuatro de Mar El refu, mi despacho El faro. Mis dos casas tienen nombres literarios: La casa verde y La quinta blanca. Siento cierto desasosiego al pensar en mi manía de novelizarlo todo mientras recorro con la vista las estanterías llenas de libros. Me dan ganas de sacarlos, abrirlos, esparcirlos por todas partes como hacía Mar cuando vivía aquí. Sé que ya no volverá. Los dos años de beca tenderán puentes hasta su isla de la gaviotas que tomará, espero, sin miedo y sin mirar atrás ¿Por qué será que los padres esperamos que los hijos no repitan nuestros errores? Miro el corcho del que cuelgan sus fotos y una, especialmente, me hiere hoy más que nunca. Comparten primer plano un sargo plateado y un pulpo que sujeta César, vestido de neopreno. Junto a él Mar con unos cinco años de edad sonríe levantando sus pulgares.
Aquel día era mi aniversario. César y yo llevábamos muchos años juntos pero es día hacíamos doce de casados. Recuerdo que nos levantamos y miramos desde la ventana de nuestra habitación a Mar jugar con Belén en el jardín. El viento había arrastrado las hojas de los pinos hasta el borde de la piscina formando montones. Al fondo se veía el Mediterráneo calmado y límpido. El pelo liso de chica Gauguin de mi compañera de trabajo contrastaba con el nido de pájaros con el que solía despertarse mi hija. Habían invertido los papeles y jugaban a las maestras. Mi hija apuntaba números en una pizarra de juguete y Belén asentía como una buena niña. César me abrazó por detrás y me felicitó dándome un beso.
—Felicidades campeona, mira que quedarte doce años sin salir huyendo.
Sus brazos envolvieron mi cintura y yo me sentí pletórica. Habíamos pasado el fin de semana en nuestra casa de la playa los cuatro juntos y la reticencia inicial de Belén se había diluido en un ambiente distendido en el que yo me sentía el centro del universo, la persona más privilegiada que conocía.
Belén solía despertarse a las seis de la mañana trabajase o no. Decía que le gustaba el silencio de los durmientes, que le proporcionaba libertad. Mar también era madrugadora así que a las nueve ya jugaban juntas en el jardín. Como siempre, habían hecho buenas migas ese fin de semana. Mi hija la adoraba.
Belén y yo trabajábamos en un Instituto de Barcelona que quedaba a 112 kilómetros de mi casa. Ciento doce, ni uno más ni uno menos, como una emergencia. Yo había alquilado una habitación y pasaba en la ciudad condal cuatro noches a la semana. La conocí en la sala de profesores un día en el que varios de los docentes le hacían corro mientras ella, feliz por ser el centro de atención, contaba una historia que todos reían. Se giró, me miró y se acercó.
—Eres nueva. Soy Belén, departamento de cabezas pensantes de este Instituto, Filosofía—y me tendió la mano.
—Regina, encantada. Lo mismo te calculo el IVA que te monto una SL, Orientación Laboral.
—Abogaaaadaaaa —dijo imitando la voz de Robert de Niro mientras se marchaba.
Desde el primer momento me llamó la atención su seguridad. Soy un poco chuleta, solía decir entre risas. Belén tenía la capacidad de hacer siempre lo que le daba la gana, una especial cintura para conseguir hacer de su vida lo que ella quería. Vivía sola en un fantástico apartamento repleto de libros en las faldas del Montjuic pero hasta acabar en Barcelona había vivido en San Francisco, Dublín, Creta y Gante. Era una mujer de mundo, difícil atar a una ciudad por mucho tiempo. Decía que los nacionalismos se curan viajando, aunque, siendo gallega de padres Tahitianos, hablaba un catalán perfecto. Era y parecía una filósofa, con su mirada escrutadora de la realidad. La recuerdo siempre observándolo todo con esos ojos descontaminados del prejuicio, de niña de ocho años que mira por primera vez. Escribía unos cuentos preciosos que utilizaba en clase con sus alumnos para acercarlos a la filosofía, historias que transmitían su amor por conocer.
De forma instantánea nos hicimos amigas. Yo bregaba entonces con el duelo por la muerte de mi madre y el sentimiento de finitud que ésta me había provocado. Tenía sed de vida y era la primera vez que vivía sola. Había empezado con César a los 15. Había estudiado la carrera en mi ciudad, me había casado, había sido madre y ahora a los 35 me veía por primera vez llegando sola por las noches a la habitación del piso que compartía con otros profesores de fuera de Barcelona. Y esa habitación de pocos metros, ventana estrecha y armario mínimo se me antojaba más grande que los dos chalets, uno en la playa y otro en las afueras de Sarria de Ter, que había obtenido con la firma amorosa que supuso mi matrimonio con César. Entendí entonces que el trabajo, mi profesión, lejos de ser el castigo divino que decía la Biblia, era tremendamente liberador. Me sentía adulta al fin, dueña de infinitas posibilidades que surgían de lunes a viernes después de las 18 horas lectivas que impartía. De pronto las opciones eran tantas. Con espacio me encontré a mí misma y encontré en Belén mi alma gemela. Alguien a quien admirar y con quien compartir una de mis mayores aficiones: la literatura. Cómo nos reíamos y cómo disfrutábamos de nuestra compañía mutua. La lluvia adquiría connotaciones festivas y las novelas compartidas profundidad psicológica. Las canciones de radio tres, oh Dios santo, hablaban de mí. ¡Viva el vino! gritaba yo imitando a Rajoy. ¡Abajo la sociedad burguesa! gritaba Belén henchida de felicidad.
Y allí estaba ese día, en mi jardín, tomando lecciones de mi hija Mar. De vez en cuando la veíamos levantar la mano y preguntar. 
Hay gente que utiliza la expresión niñera para referirse a una actitud frente a los pequeños distinta a los demás, para mí son personas que tienen imán. No sé si ocurre por la forma en que les hablan o por lo que les dicen pero el caso es que Belén tenía ese don ¿Aptitud pedagógica? No sé. Ella decía entre risas: Soy como Settembrini de la Montaña mágica: humanista, filósofa, pedagoga y escritora. Mi hija la quería y la seguía.
Aquella mañana la pasamos en la playa las tres mientras César buceaba con el neopreno. Hacía un resplandeciente sol de invierno que calentaba los huesos y el alma. Mi esposo sacó varios pulpos y tres sargos bastante grandes y los mostró a su vuelta hueco de orgullo. Ese instante es el que ha quedado inmortalizado en la foto que, combada de las puntas por el paso del tiempo, cuelga de una chincheta roja en el corcho del refu. César, con su barba mojada, salobre, era nuestro pequeño héroe doméstico, la persona más noble que he conocido.
Recuerdo que en el aperitivo Mar y Belén dijeron que volvían enseguida y trajeron un ramo de flores como regalo de aniversario. Eran crisantemos violetas.
Comimos lo pescado. No me gustan los regalos materiales que acaban olvidados en un cajón o en la basura, por eso César me ofreció su pesca cocinada como detalle de aniversario. También unos bombones artesanos del pueblo y una botella de un cava que para nosotros tenía un significado especial. Nos conocíamos como la palma de la mano. Sabíamos leer nuestras miradas y la gente decía que parecíamos hermanos. No teníamos la perfección de la ficción pero éramos reales y lo suficientemente felices como para sobrevivir a nuestras mareas. Mi ausencia en las cuatro noches por semana que pasaba en Barcelona en lugar de distanciarnos había revitalizado nuestra relación. Como si el hallazgo barcelonés me hubiese dado otra hondura en la comprensión de que amaba a mi familia por encima de todas las cosas. Desde que había empezado a trabajar como profesora de FOL era más paciente con mi hija, mas amable con César. Cariñosa, atenta y delicada con ambos. Supongo que compartía con ellos mi plenitud porque sólo cuando uno esta completo es capaz de amar de forma completa.
Ahora lo sabía, otra vida superior era posible.
Yo le regalé a César un reloj teléfono último grito que me costó el sueldo entero de ese mes. Le encantaba la tecnología y se puso contentísimo. Como un niño con un juguete nuevo.
Dormimos la siesta y descansamos toda la tarde. Aquella noche yo había decidido adelantar mi vuelta a Barcelona para aprovechar y hacer el viaje junto a Belén. 
Siempre he odiado preparar maletas y el hecho de hacérmela semana tras semana no había limado ese rechazo que existía y que existirá, ahora lo sé, hasta el fin de mis días.
Recuerdo que estaba doblando una camisa cuando vi que César se acercaba y se sentaba en la cama. Ajetreada como estaba, lo miré de soslayo y me detuve en seco al intuir el peligro.
—¿Qué ocurre, César?—pregunté con toda la calma que pude.
Él bajó su mirada hasta la punta de sus zapatos y me volvió a encarar.
—Necesito que me concedas una cosa. Por nuestro aniversario. Por nuestra familia. Por toda una vida juntos.
Su mirada era brillante, audaz, verdadera.
—Dime, cariño ¿Qué te pasa que estas tan serio?
La maleta abierta exponía un revoltijo de ropas mal dobladas. El neceser, en el centro justo, se mostraba insuficiente para dar cabida a todo su contenido y tenía la cremallera medio abierta con los mangos del cepillo de dientes y el del pelo asomando. 
—Necesito que lo dejes con Belén. No quiero que os volváis a ver.
—¿Qué estas diciendo?
—Te lo pido por nosotros y porque te amo. 
—Oh Dios santo, César. Te imaginas cosas.
—No quiero que te vuelvas a acostar con ella. Me encantaría poder ofrecerte también esto pero no soy tan fuerte, no lo podría soportar.
—Entre Belén y yo no existe nada. César. Mírame. Confía en mí.
Me miró en silencio unos segundos. Fuerte, recio. Contenía sus emociones como podía. Hubiese querido llorar—lo sé — hasta quedarse seco.
—De acuerdo—dijo —si es verdad podrás pedir la baja. Mar y yo te necesitamos. El curso que viene pide el traslado y no la vuelvas a ver.
—¿Me estas pidiendo que renuncie a mi trabajo? 
—Te estoy pidiendo que te quedes a mi lado, junto a nuestra hija, junto a tu familia.

Pero me estaba pidiendo mucho más. 
César me pedía que renunciase a algo que nos hacía bien a los dos y que era la mitad de mi vida. Me pedía que partiese mi cuerpo en dos mitades y le entregase una de ellas. La que me colmaba de plenitud. La que albergaba con gozo la sonrisa de Belén enamorada de mí. Su piel dura y fragante. Eran las noches insomnes y dulces en el hueco de su abrazo, la sensualidad incomparable. Era sentir un deseo tan inmenso que te hacia temblar las piernas, un deseo que lo oscurecía todo para después alumbrar el mundo con su propia luz, la de su mirada. Sus ojos de india, su pelo de india, su piel de india. 
Belén era un microcosmos que detenía los engranajes del mundo para ofrecerme un espacio íntimo en el que todo estaba dispuesto para el gozo más elevado: la comida, el vino, las palabras. La fuerza mágica de las palabras sostenidas por su mirada emocionada.
Belén-libertad, Belén-sublimación, Belén-amor de novela.
Belén, mi bella Belén, era el mundo prohibido, la felicidad prohibida, vedada por inconmensurable.
Y lo prohibido, ya se sabe, alimenta todo lo demás.

Aquella maleta nunca se llegó a cerrar. César y Mar se fueron al cine dejándonos solas. 
—¿Qué te queda? ¿Estas lista?—me dijo cuando bajé hasta la cocina.
Las lágrimas resbalaban por mi cara. Me temblaba todo el cuerpo.
—No vuelvo contigo a Barcelona, César lo sabe.
—¿Qué? ¿Qué ha ocurrido?
—Eso no importa. Me tengo que quedar aquí. Lo siento.
—Pero… yo puedo hablar con él. Nos entenderemos. Déjame que lo intente. César es una persona razonable.
—No quiere —mentí—. Me ha pedido que te marches y que no estés cuando él vuelva.
Me miró con expresión horrorizada. Mi pequeña Kay tenía un cristalito en el ojo, acababa de ser secuestrada por la reina de la nieves. Condenada para la eternidad a jugar al juego de la razón fría que no admite confusión entre realidad y ficción. Aspiró aire profundamente y dijo algo desde una distancia tan lejana que no pude llegar a entenderla. Se marchó para siempre. No tuve que coger ninguna baja. A las tres semanas se mudó a Suiza. Yo le seguí la pista durante un tiempo a través de compañeras de trabajo y a través del blog que escribía hasta que finalmente se desvaneció.

Después de muchos años, hoy, como cada viernes, antes de volver a casa con César, he ido al aeropuerto. He aparcado en la plaza 112 del parking de llegadas. Me aseguro de que esa plaza este libre pagando un abono mensual. Hay una cafetería justo al lado de los mostradores de alquiler de coches en la que tomo un té mientras observo a los viajeros. Me gusta verlos pasar con sus maletas cerradas. Los viernes a las 14.30 llega el charter suizo. Una maleta cerrada tiene siempre un bello hermetismo y una presunción: la de contener ropa. Después, al abrirla puede no ser así. Quizá el ejecutivo lleve un corsé de cuero o esa anciana que pasa cargue con varios kilos de dinamita. Pero eso no importa, yo los miro pasar con su maleta arrastras y soy feliz pensando que todo esta bien. Me gustan las presunciones porque existen sólo en mi mente. Son más inocuas y parecen siempre más verdad que la verdad misma. Cotejar lo real con la ficción siempre fue decepcionante.

Yo quise tenerlo todo a un tiempo. El amor frágil y sereno, doméstico, que huele a pan tostado y a café y que se ríe del romanticismo dañino mientras se funde con dulzura en un abrazo armónico y quise también ir mas allá, la Biblia esta llena de hermanos que se traicionan, y me fui en busca de la primavera al tálamo que la ofrecía. Sabía que la estación de las flores, esa cuesta vertiginosa, acaba en dos senderos que se bifurcan: el del amor frágil y sereno y el que lleva directo, de bruces, al muro del callejón sin salida.
¿Qué sentido tiene huir del amor sereno si sabes que todo enamoramiento acabará en amor sereno? ¿Por qué no desear las dos cosas?
El amor es una construcción y yo imaginé un mundo en el que podía amar a dos personas a la vez. Tenía la calma y el vértigo. Era perfecto. 
Después abrieron de par en par las cortinas, encendieron todas las luces y se mostró el contenido de la maleta abierta. Y entonces oí un coro de gallinas que con los cuellos estirados gritaba: ¡Eso es un invento! No se puede amar a dos personas a la vez ¡Egoísmo! ¡Traición! Si amas allá es porque dejaste primero de amar acá. 

Pienso todas estas cosas mientras coso un botón de la camisa de César. Lo veo por la ventana podar el olivo de la entrada y pienso que él a veces cose los jirones de mi alma.  Do ut des. Nos gusta mirar el fuego y beber vino mientras conversamos. Nos gusta nadar en el mar desnudos. Tenemos una hija por la que nos esforzamos y a la que adoramos. Y lo más importante, ambos creemos en la bondad del otro.
Sin embargo algunas tardes ahora en el otoño, cuando barrunta lluvia y viene el frío el recuerdo de Belén me hace una visita. No tiene un origen fijo. El detonante puede ser el olor de la ropa de alguien, alguna frase de novela, una letra de canción. Son momentos en los que la evocación de la felicidad y el éxtasis convive con los efectos devastadores de la traición. Y entonces siento como si me atravesaran, como si la grieta que llevo en mi interior se hiciese más y más grande. Es en esos trances cuando al encarar mi reflejo en el espejo observo a Nuestros antepasados. Y veo con claridad meridiana a Medardo, el Vizconde demediado de Calvino, que le guiña un ojo y le manda recuerdos a Settembrini, ese humanista iluminador de estancias, de la Montaña mágica de Thomas Mann.
Llevo doce años acudiendo cada viernes al aeropuerto del Prat, como si, a 112 kilómetros imaginarios estuviese mi otra casa, la que la vida me arrebató, para esperar a Belén en la puerta de llegadas. Pero ahora, con la marcha de Mar, siento un gran vacío. Alguien ha derribado uno de los pilares sobre los que construí mi relato. Mar ya no está y todo se tambalea. No puedo seguir manteniendo mi ficción porque me falta la columna que apuntalaba la coartada de mi cobardía. Mi mente se niega a aceptar que la pareja estricta sea la única forma posible de amor. El número dos se me antoja mortíferamente aburrido, plano, sin matices. Yo conocí otra vida mas equilibrada cuando me llamaron loca. 
Trato de aceptar que no tengo otra casa a 112 kilómetros. Belén ya no volverá. 
Me despido de la puerta de llegadas. Belén ya no volverá.
Tomó sorbo a sorbo un té de realidad. Mar ya no volverá. Belén ya no volverá. 
Por eso extiendo mi mano, abro la jaula, empujo la barca. 
Dejo ir, con profunda tristeza, su recuerdo para que la esperanza teja en torno a mí inconsistentes hilos que me envuelvan en una morada de palabras cálidas, en un mundo imaginario en el que un día mi corazón sanará.




Texto: Viqui Catalán
Ilustración: María Castro
Un poco de música: Ojalá de la M.O.D.A (version de Ojalá de Silvio Rodriguez)
Una película: En la ciudad de Cesc Gay.
Un poema: Artritis metafísica de Ángel Gonzalez.

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