De repente mi hermana Cósima salió corriendo al jardín y yo, imitándola, la seguí. Gracias a que era mayor que yo y a que me llevaba a ventaja, consiguió ser la primera en ocupar el columpio que inuestro padre acababa de colgar de una rama de la morera.
Se sentó sobre la tabla se agarró con ambas manos a las cuerdas, dió unos pasitos hacia atrás, se puso de puntillas y se dejó caer cantando a grito pelado: soy la reina de los mares…. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Cada vez más arriba. Subió y subió hasta que se puso casi en paralelo con el suelo. Y se reía a carcajadas. Yo no estaba segura si se burlaba de mi porqlue me hacía esperar hasta que a ella se le antojara bajarse o reía de pura felicidad por el movimiento vertiginoso.
A los diez años era tan valiente como obstinada, de manera que yo que sólo tenía siete sólo me quedaba el recurso de quejarme sin éxito y permanecer mirándola.
Nuestra única compañía en aquel huerto familiar eran los árboles: las acacias y el árbol de moras. Así pasábamos el verano dentro de aquella casa. Aunque nadie había pronunciado aquellas palabras: "las niñas no pueden salir afuera¨, aventurarse fuera de las paredes familiares era inimaginable.
El encierro le sentaba como una patada en la espinilla a Cósima aunque a mi no me parecía para tanto. Mi adaptación a la voluntad materna era absoluta. Yo ni siquiera sospechaba que aquella reclusión fuera un inconveniente pues Cósima llenaba nuestras horas de juegos y aventuras imaginarias. Sin embargo no me dejaba tranquila agitando mi conciencia con sus ideas rebeldes.
Trepábamos a la estructura metálica que mi padre había construido para instalar un bidón invertido que funcionaba como ducha de verano. Desde allí por encima de la tapia olíamos la libertad mirando los pinos piñoneros que parecían gigantes detenidos entre el trigo que se extendía como una sábajna infinita.
Una vez habíamos llegado hasta allí con mi padre que, con la puntería que aun conservaba de chico de pueblo, había derribado una docena de piñas con un tirachinas. Volvimos con el botín y con los vestidos manchados de negro y de resina.
Al volver de la escapada mi madre no nos dirigió la palabra.
Cósima interpretó que nuestra progenitora sentía aversión hacia cualquier cosa con la que pudiéramos disfrutar. Cuando detectó mi incredulidad, lanzó un bufido de fastidio por no ponerme inmediatamente de su parte.
Así que aquella tarde cuando nuestra madre salió al patio y la sorprendió a punto de hacer girar el columpio como una noria, inmediatamente se dispuso a fastidiarla, según me informó luego mi hermana cuando me puso al tanto de los agravios que me habían pasado inadvertidos.
–!Baja!– le ordenó con brío –Deja ese maldito columpio… vamos a salir– anunció –A partir de ahora los sábados daremos todos juntos un paseíto por el pueblo hasta la hora de cenar… ¡Rafael, si esa niña no para, le desmontas ese trasto ahora mismo!.
–Deja subirse a tu madre que pruebe ella el columpio– intercedió nuestro padre que, según Cósima, eludía la furia de su mujer desviándola injustamente contra ella.
Y en efecto cuando escuchó las palabras de nuestro padre frenó en seco y cedió con despecho su sitio.
–Cosi ¡empújala tu!– insistió mi padre.
Mi hermana pareció herida en su amor propio aunque obedeció al momento, eso sí lanzando miradas de furia contra mi padre que ignorándolas sonreía satisfecho. Mi madre se balanceaba triunfante. Y yo aplaudía sin prevenir el drama que estaba a punto de sobrevenir.
Mi hermana empujaba más y más. Trasformada su furia en fuerza, consiguió que mamá volara. Y, en efecto, salió despedida hasta aterrizar de culo en el suelo.
Mi padre se apresuró angustiado a levantarla antes de que mi madre comenzara a rugir, disimulando la humillación de la caída con la queja por el desgarro en su vestido de flores.
Si Cósima sintió miedo lo ocultó con una respuesta tan inesperada como desafiante. Se subió a la rama más alta y se puso a comer moras como si tal cosa.
Empecé a llorar porque les tenía miedo a las dos. A nuestra madre porque su poder me parecía incontestable y a mi hermana porque me hacía sentir tonta y cobarde.
A la hora de cenar mi madre me ordenó que pusiera la mesa fuera, en el porche, desde el que se veía perfectamente la rama a la que Cósima seguía encaramada. Y me obligó a ponerme un vestido azul con tira bordada que aún no habíamos estrenado. Eso me sorprendió porque siempre se requería de alguna celebración especial para que nos fuera permitido ponernos algo nuevo. Mi natural optimismo me hizo creer que tal vez se preparaba un desenlace feliz.
–Ahora vete a por tu hermana y enséñale tu vestido. Ya verás si baja, será incapaz de dejar que se enfríe el suyo– dijo mi madre como si se tratara del asado que acababa de sacar del horno.
Comprendí entonces que se trataba una estrategia porque si había algo en el mundo capaz de tentarla, ese algo era sin duda estrenar ropa nueva. Me acerqué al árbol contoneándome para que se fijara bien en mi atuendo y le pedí que bajara.
–De ninguna manera pienso hacerlo. A partir de ahora me cubriré con hojas de morera– replicó y arrancó una hoja que se colocó de sombrero.
Me pareció que respondía sin pensar en las malas consecuencias que sin duda le sobrevendrían si contravenía las órdenes de mi madre. Temí al oír sus decididas palabras que se sintiera en deuda con su promesa temeraria y no diera nunca su brazo a torcer.
Se me saltaron las lágrimas por el fracaso de mi empresa y porque me temía la bronca familiar que se produciría en cuanto trasladara la noticia a mi madre.
Pero me equivoqué porque no sólo no montó en cólera sino que nos pusimos a cenar como si tal cosa.
Mi padre apareció vestido para la cena con traje y corbata pero además hizo algo que llamó aun mas mi atención. De espaldas a la morera y en dirección a la mesa donde cenábamos colocó un trípode, insertó la máquina de vídeo que le habíamos regalado por el día del padre y que hasta ahora no había utilizado apenas, y se puso a grabar la escena de la que se convirtió en una solemne cena para tres.
De tanto en tanto cuando la inquietud y la curiosidad me hacían volver la vista hacia el árbol para ver qué pasaba con mi hermana, también miraba directamente a la cámara.
–¡cielo, si te giras hacia la cámara no saldrá bien!– susurró mi padre a la manera de un ventrílocuo.
–¿quieres mirar la sopa? ¡Baja ese codo, estírate!– me reprendió mi madre entredientes.
Yo ignoraba si se trataba de evitar que nuestras voces estropearan la toma de una manera que no alcanzaba a comprender o más bien de que no nos oyera la que subida en el árbol estaba quedándose sin cenar. Fuera como fuese permanecí callada y seria.
De pronto me cayó una mora en la sopa y otra a los pocos instantes. Me entró la risa por lo que suponía que era un intento de interrupción premeditada de la ceremonia familiar. Mi hermana me bombardeaba desde el árbol. Intenté rescatar una mora que me había caído en la falda para que no me la manchase cuando de pronto se me vino encima una lluvia de bayas que extrañamente no llamaron la atención de mi madre pero que a mi me pusieron de mal humor.
Por dignidad me resistí a mirar hacia la fuente de los disparos y fijé, obediente como una monja, la vista en el plato. Empecé a comerme meticulosamente la sopa agridulce, sazonada por mis lágrimas, a la vez que atrapaba con la cuchara arrebatada, los frutos voladores que caían insistentemente en el caldo para hacerlos desaparecer sin que los detectara el mal genio de mi madre.
Maldije a Cósima por ponerme en aprietos y sobretodo por resaltar con su ascensión mi incapacidad para evitar el sufrimiento sin el parapeto que su jefatura hasta ahora me había procurado. Reconocer su superioridad me puso tan furiosa que sin pensármelo dos veces, me levanté con el plato en la mano y se lo lancé con tanto tino que le golpeó en la frente, se desequilibró y cayó al suelo.
Ciega de rencor me lancé contra ella la agarré de los pelos y acabamos enredadas en una lucha desigual. Recuerdo nítidamente aquella pelea porque mi padre giró el trípode y gravó la escena. Luego nos hicieron ver la película varias veces hasta que forzaron una reconciliación entre nosotras, que por su parte resultó ser fingida.
Porque desde entonces se volvió indiferente y esquiva. Iba a lo suyo. Yo me sumergí en unos celos que ansiaban todo lo que ella hacía. Me sentía arrepentida de la pelea pero ya no hubo remedio. Cósima me había expulsado para siempre del paraíso.



