martes, 11 de octubre de 2016

Querida hija


Querida hija, 
puedes empezar a bostezar, te doy permiso, porque voy a contarte mi vida.
Yo un día de hace cuarenta años nací. Nací mujer. Nací sana. Nací querida y arropada por mi familia. Y sin que nadie pudiese poner remedio empecé a aprender. Tenía muñecos por la cuna y yo decía: blando, duro, suave, rugoso. Ya de pequeña tenía mucho vocabulario. 
Me gustaba cantar y decía:
Arroz con leche me quiero casar
con una señorita de Portugal
que sepa coser, que sepa bordar
que sepa abrir la puerta para ir jugar

Mis padres, que querían lo mejor para mí, con gran esfuerzo me llevaron a un colegio pijo. Y ya me ves a mí montando a caballo y yendo a esquiar. Durante todos aquellos años de uniforme y ropa de marca aprendí infinidad de cosas pero todas ellas se resumen en una: imitar. Me decían: tres por siete veintiuna y yo, hale, tres por siete veintiuna. Me decían Revolución francesa y yo que si mil setecientos ochenta y nueve. Pasaban los años y como tengo memoria y cierta aptitud lingüística llegué a licenciarme en la universidad con buenísimas notas. Hoy día el único recuerdo que tengo de la facultad de derecho son unos libros muy gruesos que yo memorizaba y vomitaba en el folio del examen. Eso y que a los pocos días colgaban una lista de la pared y yo iba y buscaba mi calificación: Notable, Sobresaliente… Todo iba de maravilla.
Me sabe mal porque mi formación le ha costado a mi país muchos euros, estudié la carrera en la pública, pero creo que no miento si digo que en todos mis años de universidad no llegué a pensar ni una sola vez. Ni una. No hubo nada creativo, todo fue imitación. Cuando digo que soy el saber decadente de una cita adecuada me defino con la tristeza de no poder asegurar siquiera si la frase es mía.
Y como se nos educa, dentro y fuera de las aulas, para que imitemos, en el plano personal también lo hacemos. 
Así que cuando acabé la carrera me dije:

Arroz con leche… me quiero casar

Y quise ponerme un traje de boda blanco que me tiraba de sisa y por todos los lados. Uf qué calor daba y cómo picaba aquella tela, hija mía. No te lo puedes imaginar.
A muchas de nosotras nos pasa eso. Notas que no encajas y te desvelas por las noches. Algunas se ponen enfermas y toman pastillas que las adormecen. Muchas lloramos mucho.
Querida hija yo quisiera advertirte de los peligros del amor romántico y de la imitación. No sé cómo hacerlo pero me gustaría ahorrarte la frustración que supone no caber en el traje estrecho que nos ha cosido el patriarcado. Sé que educar es acompañar, que no quiero ni pienso hacer tu camino pero me gustaría contarte que muchas veces verás a tu alrededor cosas que no te acabaran de gustar y a las que te sentirás abocada. No las hagas. Se libre. Se fuerte. Verás que al principio es muy difícil pero luego todo encaja. Tienes que ser tú la que imprima el troquelado al puzzle. Cuando te digan: no puedes, tú diles: no oigo.
Me gustaría que encontrases en la vida aquello que se te de mejor y que dediques tus esfuerzos a ello. Me gustaría que hallases tu vocación porque sé que de eso dependerá tu felicidad. Y que seas lo que te de la gana de ser: peluquera o ministra, fontanera o guitarrista del peor grupo del mundo. No es nada menor lo que te cuento y sé que no va a ser fácil. Para lograrlo tendrás que pensar mucho, poner atención y conocerte a ti misma. No te preocupes por los gustos de papá o los míos. A nosotros lo que nos gustará es que seas tú misma: única e irrepetible, calco de cientos, rara de narices. Por eso elige tu camino sin pensar en mí, hija mía, y si algún día quieres darle gusto a tu madre se feminista.
Porque feminismo es justicia. El feminismo no es someter al otro.
Porque feminismo es reflexión. El feminismo no es repetición.
Porque feminismo es elección, es derecho al libre albedrío. El feminismo no es determinismo.
Feminismo es ser solidaria con las débiles y una roca con los poderosos.
Feminismo es responder al no puedes con un mira cómo lo hago.
Feminismo es pintarse y no pintarse, arreglarse con pendientes a juego o ir todo un domingo en pijama. Feminismo es hacerse un moño con un lápiz y es tirarse una hora de secador. Es ponerse una camiseta tres tallas más grande y es calzar unos tacones de vértigo. 
Querida hija, como soy seguidora y fan de Natalia Ginzburg me gustaría educarte en las pequeñas virtudes y no en las que nos venden como grandes. Me refiero a educarte para que valores la generosidad frente al ahorro, la valentía y la franqueza frente a la prudencia y la astucia, el ser y el saber frente al tener. Y Natalia no lo dice así exactamente pero a mi me gustaría ademas transmitirte el amor por la reflexión, la libertad y la justicia. Por eso, hija mía, me gustaría que fueras feminista.

Texto: Viqui Catalán
Ilustración: Venus feminista. Homenaje a Botticelli de María Castro.
¿Banda Sonora? The Gift feat. Brian Eno "Love Without Violins": 
https://www.youtube.com/watch?v=DhNh2JCv2_w&oref=https%3A%2F%2Fwww.youtube.com%2Fwatch%3Fv%3DDhNh2JCv2_w&has_verified=1

jueves, 6 de octubre de 2016


EL PORQUÉ

Porque a mi abuela paterna y a sus hermanas no les correspondió herencia y al único varón sí; porque a mi madre las monjas le dijeron  que con una cultura general iba más que servida, aquello le marcó toda una vida; porque mi padre nos llamó a mis hermanas y a mí para contarnos la gran tragedia, que mi prima soltera  se había quedado embarazada y eso era una mancha oscura para toda la familia; porque la regla nadie me la supo explicar antes de que viniera, más manchas oscuras y ocultas; porque el día que le dijimos a mi hermano que nos ayudara a pelar patatas mi padre casi nos mata; porque mientras mi hermana era reina de las fiestas del pueblo yo me entretenía en conocer la fisionomía masculina sin tener la más remota idea de nada; porque no pude hacer en su momento las carreras que me gustaban por ser una de putas, Arte Dramático, y la otra demasiado peligrosa, Periodismo,   para que una mujer se fuese sola a Barcelona; porque un hombre desnudo se me abalanzó paseando yo por los frondosos senderos de un  jardín y la policía me preguntó que qué ropa llevaba puesta yo; porque me tocó ser testigo de tantas y tantas humillaciones hacia mi madre; porque me pesaba mucho el silencio forzoso que imponía mi padre; porque tuve que indicarle a mi madre que su vida así la estaba matando; porque viví en directo las miradas e ironías de la primera separación en un pequeño pueblo; porque me cansé de oír decir a mi madre “yo son tonta”; porque aquella noche de copas en que acompañé a un hombre a su casa me penetró salvajemente ante mi oposición, acaso a qué creía que había ido yo; porque en aquel trabajo o tomabas copas y coca con los directivos o poco tenías que hacer; porque no se me informaba de aquello que era mío pero sí que tenían derecho a mi firma; porque con 33 años, al comenzar la carrera, el director de estudios me llamó a su despacho para decirme que yo nunca la iba a acabar; porque me tocó escuchar de un jefecillo “venga bajad rebaño de ovejas” dirigiéndose a un grupo de trabajadoras entre las que me contaba yo; porque muchas noches pasé miedo al regresar sola a casa; porque al ir al banco a consultar gestiones se han dirigido sin miramientos al varón que me acompañaba; porque todavía hay quien me ha dicho ….”vete al Corte Inglés y cómprate un marido”; porque mi hija dice que porqué me llaman padres si ella sólo tiene una madre; porque una amiga me hizo ver que hay que decir niños y niñas en el aula, niños solo va calando; porque me agota ver los roles aún tan definidos; porque comprendí después de todo esto y mucho más que sí, que era feminista; porque antes si me preguntaban si lo era, yo, tan segura de mí, me atrevía a decir …”Yo soy Pepa”; porque ha tenido que pasar el tiempo para que diga “sí,  yo Pepa soy feminista”.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Lo que esconde el armario del patriarcado: tres lugares comunes sobre feminismo.


Vista la acogida que ha tenido mi distopía sobre funcionarios, mi blog (http://verdesojosdegatadecalle.blogspot.com.es) ha cuadriplicado el número de visitas, de uno a cuatro lectores, esta semana he decidido de forma totalmente caprichosa, lo mismo que la nubosidad variable, hablar de un tema similar: el feminismo.
Funcionarios y feminismo además de empezar por efe tienen en común que están llenos de dificultades y tienen muchos charcos, generalmente de agua estancada y de poca profundidad, es decir, son terrenos pantanosos. Cuando hay situaciones que privilegian a unos con el menoscabo de otros es natural que quien ostenta el beneficio se ponga bastante terco y criticón en aras a conservar su situación de privilegio. No obstante, con más ilusión que valentía acepto la invitación de La retina feminista.

Lo primero que te viene a la cabeza cuando reflexionas sobre cualquier cuestión, feminismo, sexismo, androcentrismo o precio del gasoil, son los consabidos lugares comunes que has oído cientos de veces sobre el tema. Yo, que en la intimidad me hablo de usted y sé adelantarme a estas cosas, me pido, para evitar las opiniones sobadas, ideas originales, propias, como punto de partida para lo que escriba. La línea de salida es menos uno porque se supone que todo lo que haya oído hasta ahora no me vale. Por eso es que he decidido contestar con lugares comunes pasados por el tamiz de mi experiencia personal, un poco por llevarme la contraria pero sobretodo porque soy consciente de mis limitaciones.  Así que observo a mi alrededor para contar que: 
Domingo y último día, plazo límite de entrega de este artículo a La retina feminista, he decidido procrastinar y echarme al monte para ver si el ejercicio físico tira del hilo de la madeja de ideas. Después de caminar por Bellús, Ermita Romaguera y Cova Negra de Xàtiva, mis pasos me han llevado hasta Carrícola, la Xispa de la Vall, que hoy celebraba sus fiestas patronales. He acabado en un dinar de germanor en el que hemos comido paella gigante en el frontón municipal unas 300 personas. El pueblo invitaba a los aperitivos, bebida y paella pero al terminar esto han empezado a aparecer bandejas de postres caseros que estaban hechas de forma individual y generosa por las mujeres del pueblo. Y fijaos que hablo de señoras, abuelitas en su mayoría, como las artífices de brazos de gitano, flanes de café y tortas de turrón. En Carrícola, como en el resto del mundo, los postres caseros los hacen las mujeres. 
Al terminar de comer, todas juntas, casi nos faltaba cantar al unísono, hemos recogido las mesas. Nuestros platos y los de los hombres, que entendían que no era su responsabilidad llevar los desperdicios hasta los cubos de reciclado, no sea que los vea el vecino y quede en entredicho su hombría. Por tanto, comprobado a pie de frontón el primer lugar común sobre el feminismo: las tareas de casa como cocinar, servir o recoger la mesa siguen siendo patrimonio femenino. Los señores, mientras, beben herbero casero.

Muchos hombres con los que me relaciono cuando tocamos el tema del género me dicen:
Eh, conmigo no va, yo he hecho mis deberes, soy feminista. Pero no es suficiente, les digo, la cosa esta mal, esta a años luz de ser justo. Comprendo que huyen del tema porque se percibe como algo agrio. El pastel ya esta repartido y las reivindicaciones feministas caen mal porque suponen quitarle al comensal de al lado un trozo que ya tenía dentro de la boca. ¿Qué hacer en estos casos? Obvio: Exhortar a escupir, con crueldad feminista, lo comido indebidamente. Porque si constatamos el lugar común de que existe un desigual reparto de las obligaciones familiares que rebate el lugar común de que todo esta bien y las mujeres nos quejamos por y de vicio, el feminismo aparece como una justa reivindicación. Y decir que el debate es áspero y que se busca la paz solo contribuye a perpetuar la desigualdad.

Al llegar a casa tenía la llamada de un amigo que es gay. Es pertinente aclarar su opción sexual porque mis mejores amigos hombres son gays. Tengo también buenos amigos heterosexuales pero con los gays resulta todo más fácil porque entre nosotros la tensión sexual está resuelta. La amistad que se forja entre una mujer y un gay es maravillosa porque es un terreno en el que ambos nos liberamos de los papeles que nos asigna el patriarcado. 
En el instituto decíamos que una chica y un chico no pueden ser amigos para referirnos al hecho de que los hombres, desde pequeños, reciben constantes misivas que les refuerzan en la idea de que las mujeres somos, por encima de cualquier otra cosa, objeto de conquista y por ello la gran mayoría, pobres, sólo saben relacionarse con las mujeres a través de la seducción. Y ocurre que, cuando una tiene canas y cierto desinterés en el genero masculino como potencial pareja, observar esos vistosos alzados de cola de pavo real da, sinceramente, cierta penica. Lo digo desde aquí, ahora que no me lee nadie, por si alguno quisiera tomar nota y reflexionar sobre ello.

Victoria Sau en su Diccionario ideológico feminista define el androcentrismo como el enfoque de un análisis desde una perspectiva masculina únicamente y utilización posterior de los resultados como válidos para la generalidad de los individuos, hombres y mujeres. Al leer esto me digo a mi misma: ¡Mira, como mi jefe!
El otro día este sabio señor me dijo, antes de dejarme sin derecho a replica con la palabra en la boca, que él no iba a respetar la flexibilidad horaria que me concede el Ayuntamiento para conciliar la vida laboral y familiar si eso suponía no concederle a otro compañero un permiso de asuntos propios. Quiero aclarar que la flexibilidad horaria es un derecho individual de los trabajadores que puede ser denegado (de forma motivada) por razones de orden público pero que en todo caso está por encima de los permisos de días de libre disposición que pueden concederse o denegarse cuando así lo requiera el buen funcionamiento del servicio. 
Mi jefe, al invertir la jerarquía en la conjugación del permiso y del derecho individual busca, en primer lugar, culpabilizarme, por tu culpa otro compañero no puede tomar un día libre, pero además me habla de su visión androcéntrica del problema de la escasez de personal en el servicio: Y es que en Patrimonio histórico del Ayuntamiento de Valencia tener hijos no esta de moda. No es importante, no mola. Así que quiero dejar constancia del siguiente y último lugar común sobre género que ocupará este artículo y es que: 
En España la conciliación de la vida laboral y familiar es una burda mentira y no le importa a nadie. Ni en ayuntamientos garantistas ni en el bar de la esquina, simplemente no existe. Es un problema extralaboral porque es sólo, como tradicionalmente ha sido, un problema de mujeres.

Si nos fijamos, el sexismo nos tiene ganada la batalla porque es un sutil juego de culpabilidades, eres agria, eres quejica, eres insolidaria con tus compañeros… Hablamos, en la mayoría de los casos, de acusaciones veladas porque provienen de hechos reprobables. El seductor jamás admitirá haberte tirado los trastos, el que remolonea al recoger su plato te dirá que él "ayuda" en casa y mi jefe si le preguntas será un ferviente defensor de la conciliación familiar. Y así nos tienen, entretenidas desde tiempos inmemoriales, tirando la piedra y escondiendo la mano. 
Por eso, para terminar, repetiré como un mantra hasta que me quede claro que yo no soy la culpable de la escasez de personal en mi trabajo por ser madre, que yo no soy antipática por reivindicar un reparto justo de las obligaciones familiares y que tengo perfecto derecho a soñar con relaciones igualitarias con los hombres sin que se halle de por medio el cortejo del pavo real.
Y ya, si nos ponemos en plan utópico y a todo esto le pones un postre casero hecho por un abuelito entrañable, dejaré de repetir mantras para, con amplia sonrisa de persona simpática, empezar a levitar. 

Texto: Viqui Catalán
Ilustraciones: María Castro
¿Un poco de música? L´espectre de Maria Antonieta. Manel.

martes, 4 de octubre de 2016

Mi parte femenina no cree en Dios


Que soy mujer es un hecho. Que tengo glándulas mamarias, un clítoris, una vagina y de guinda, dos ovarios que lo avalan. Un todo completito.

Que tengo rasgos de hombre me lo dicen a menudo: que soy desastrada, que soy más bien precoz en alcanzar la cima del placer, que me quedo inmediatamente dormida, que cuando engordo tiendo a acumular grasa en el centro de flotación: en la barriguita cervecera y no en muslos y culo. Que soy impulsiva. Que me reí con la conjura de los necios.

Que poseo rasgos tópicamente femeninos, también: que cumplo a rajatabla las tres fases de la pre-regla, (angustia vital, ganas de ahogarme en chocolate, reventón en lágrimas y sangre).
Que cuando escribo tiendo a una cierta cursilería que me lleva a envolverlo todo con un lazo a motas rosas. Que tiendo a explicar cómo se sienten los personajes en lugar de ponerlos a mover el culo.
Que a pesar de ser clínicamente desastrada, cuando Mona Lisa, la chica que limpia mi casa una vez a la semana (se llama Mona Lisa ¿no es maravilloso?) me ordena la ropa, los suéters en degradado como un arcoiris, las braguitas apiladas con candor, en ese agujero que algún día será un vestidor pero que hoy más parece un puesto de mercadillo tras la visita de las hordas en rebajas, se me empañan los ojos de la emoción. Mi parte masculina ya le ha dicho si quiere casarse conmigo.

Que no tardé en hacerme la picha un lío con lo de mi parte masculina y la parte femenina de él, y mi parte femenina de serie, y su parte masculina de serie, y que todas juntas acabaron montando un sindicato y exigiendo por convenio unas condiciones laborales claras, la delimitación explícita de los turnos de trabajo y de las vacaciones de cada parte.

Que me hubiera gustado ser una sex symbol a lo Marilyn Monroe, y a la vez un sabio, intelectual y bonachón, a lo Unamuno. O una mezcla de ambos (¿?).

Que todo esto no son más que tópicos.

Que a menudo me siento confusa, que veo lobos tras el deseo, y hombres que consideran que merezco un castigo, y mujeres que muerden y compiten como lobas por el macho, y clubes que me cierran las puertas en las narices.

Que ya lo dije una vez: soy feminista porque no puedo evitarlo, porque soy mujer, como cualquier negro que se precie es mandelista, como Fidel Castro es castrista o Sánchez Dragó, sanchezdraguista.

Que en definitiva soy un caos que no hay Dios que lo arregle.

Que sé que si alguien tiene la culpa es Dios. Esa figura de género masculino, grabada a fuego en la infancia, ese ser omnisciente que nos cuida y nos vigila. Ese ser superior. Él. Dios, que no me hizo a su imagen y semejanza.

Que por eso mi parte femenina hace tiempo que dejó de creer en él.

Soy feminista

Zás, era inevitable. Me salió un post feminista. Porque yo soy feminista como no podía ser de otra manera. Como supongo que Fidel Castro es castrista, Sánchez Dragó sanchezdraguista, y cualquier negro que se precie, mandelista.
Y aunque es verdad que hoy abunda la figura del obrero adorador del capitalista opresor, que desoye la profunda filosofía encerrada en la frase de un granhermano: ¿pero quién me pone la pierna encima?, yo sigo siendo una bestia bastante simple y conservo una cierta lógica que me permite ver el mundo, no a través de una pantalla de televisión, no a través del culo de una botella de Martini, sino con ojos. Dos. Oscuros, pequeños, escrutadores. Dos testigos acuosos que registran claramente que en este mundo en que vivimos, los negros están puteados, y las mujeres están- estamos- puteadas.
¿Culpa de quién? No lo sé. No creo en la mano negra (salvo la de Manu Chao), no creo en las maquiavélicas intenciones, salvo contadas excepciones. Pero sí creo que hay desigualdades que se perpetúan por la fuerza de la costumbre y por la posición de los que empezaron la carrera con unos metros de ventaja y habiéndose merendado nuestros pedazos de la tarta.
Puedo imaginar un tiempo remoto y a un rostro pálido temeroso de ese cuerpo atlético, negro y reluciente. Puedo imaginar a un administrador de testosterona, receloso ante la posibilidad de que ella lo abandone por otro. O peor aún, lo simultanee con otro. Y ya está el lío hecho.

No sé. Me es difícil desgranar el trigo de la paja, lo fisiológico de lo social pero me dan miedo las causalidades absurdas, las líneas oscuras con las que algunos enlazan ambas variables.
Y no piensen que soy una francotiradora con la mirilla puesta en los hombres.
De hecho a veces ni siquiera me siento mujer. Ni hombre. Ni todo lo contrario. A veces ni siquiera me siento humana. Sobre todo cuando veo a multitudes enfebrecidas jaleando al Papa, o hinchas poseídos arrasándolo todo a su paso, tras el triunfo de su equipo.

Y todo esto viene porque el otro día decía Javier Marías que no creía que hubiera una forma de escribir inequívocamente femenina. Por lo que deduzco que una de esas mentes privilegiadas que hibernan en la cabeza de algún periodista, se desperezó entre sueño y sueño, y bostezó la inteligente pregunta. No contento con ello, consideró que la respuesta merecía un titular. En su declaración, Marías apostillaba que, en todo caso, las narradoras hablaban de un universo femenino. (Y yo convencida de que con un universo infinito ya teníamos bastante…)

En fin, que supongo que debe de ser distinto escribir desde la experiencia femenina, como debe de ser distinto escribir desde el asma de Proust, desde el trastorno bipolar de Woolf, desde la homosexualidad de Wilde, desde el alcoholismo de Hemingway, Lowry, Onetti, y tantos otros, desde la Edad media, desde la dictadura - chilena, argentina, española- desde la estupidez. Pero, ¿distinto a qué? Somos una suma infinita y sólo podemos aislar las variables si nos encerramos en un laboratorio y nos convertimos en ratas. Algunos escritores ya lo han hecho.

Y volviendo al posible machismo en la literatura, me pregunto si yo misma no estaré infectada por el virus porque cuando pienso en mediocres escritores, automáticamente acuden a mi mente las Lucías Etxebarrías, las Carmenes Posadas o las Espidos Freires. Y no ellos, que los hay. ¿Seré después de todo una bestia algo más compleja de lo que creía? ¿Sufriré síndrome de Estocolmo tal vez?

Para aclararme o todo lo contrario, leo en el blog de Nuria Amat, (www.namat.wordpress.com) una serie de preguntas (algunas tópicas, algunas con las que discrepo, pero en general interesantes), que copio y pego a continuación:
1) ¿Por qué una mayoría de lectoras (méritos literarios, aparte) prefieren leer o elogiar libros y novelas escritos por autores que por autoras? ¿Será porque en la elección de un libro prevalece la atracción hacia el sexo que lo escribe? ¿Leen los hombres las novelas escritas por mujeres? ¿Por qué no?

2) Cuando los escritores se citan entre ellos, en un 95% de los casos, se limitan a dar listas de autores de su mismo género. ¿Será por temor a competir con grandes escritoras todavía vivas? ¿O para evitar el riesgo a ser calificado de amigo de las mujeres?

3) ¿Qué extraña doctrina convierte a escritoras y pensadoras como Dickinson, Zambrano, Woolf, (por citar tres ejemplos comparables a Shakespeare, Kafka o Cervantes), en autoras de “segunda categoría” y, por si este interés en relegarlas a la letra pequeña no fuera suficiente, sigue presumiendo de que sus voces son extrañas, herméticas, locas o excesivamente poéticas?

4) ¿La explosión mediática y comercial de una denominada literatura de mujeres es una de las causas de la invisibilidad de las mejores autoras de la gran literatura? Si escritores y periodistas premian y aplauden novelas mediocres escritas por mujeres, ¿no será con intención larvada o expresa de que el bosque impida ver el árbol?

5) ¿Cuál es el gusano podrido en las directivas pedagógicas que limita las diez novelas de lectura obligada en la enseñanza escolar a novelas escritas por varones? ¿Algunas mujeres no tendrán su parte de culpa en la manzana?

6) ¿Por qué motivo existe un menor grado de machismo en el mundo político que en el mundo cultural y literario?

7) ¿Qué motivos impiden a la escritora de hoy rebelarse públicamente contra una marginación literaria que soporta desde hace siglos? ¿Indolencia?, ¿inteligencia?, ¿desidia?, ¿o convencimiento de que la marginación sigue siendo el único lugar posible del escritor?

9) ¿Por qué los medios de comunicación benefician las novelas escritas por varones? ¿Será una consecuencia inmediata del poder que el gran mercado editor del saber, siempre misógino y masculino, ejerce sobre el conjunto de lectores?

10) ¿Escribir con un lenguaje propio, con un pensamiento propio, como en su tiempo lo hicieron Beckett, Faulkner, Proust, sin que por ello sean calificados de demasiado impenetrables por esa misma crítica que ahora reprocha idéntica peculiaridad de estilo a algunas escritoras de hoy en día, es un desafío que asume más la escritora que el escritor? ¿Escribir rompiendo moldes no es una de las características de la literatura de autora?