viernes, 23 de diciembre de 2016

SOPA DE MORAS





De repente mi hermana Cósima salió corriendo al jardín y yo, imitándola, la seguí. Gracias a que era mayor que yo y a que me llevaba a ventaja, consiguió ser la primera en ocupar el columpio que inuestro padre acababa de colgar de una rama de la morera.

Se sentó sobre la tabla se agarró con ambas manos a las cuerdas, dió unos pasitos hacia atrás, se puso de puntillas  y se dejó caer cantando a grito pelado: soy la reina de los mares…. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Cada vez más arriba. Subió y subió hasta que se puso casi en paralelo con el suelo. Y se reía a carcajadas. Yo no estaba segura si se burlaba de mi porqlue me hacía esperar hasta que a ella se le antojara bajarse o reía de pura felicidad por el movimiento vertiginoso.

A los diez años era tan valiente como obstinada, de manera que yo que sólo tenía siete sólo me quedaba el recurso de quejarme sin éxito y permanecer mirándola.

Nuestra única compañía en aquel huerto familiar eran los árboles: las acacias y el árbol de moras. Así pasábamos el verano dentro de aquella casa. Aunque nadie había pronunciado aquellas palabras: "las niñas no pueden salir afuera¨, aventurarse fuera de las paredes familiares era inimaginable.

El encierro le sentaba como una patada en la espinilla a Cósima aunque a mi no me parecía para tanto. Mi adaptación a la voluntad materna era absoluta. Yo ni siquiera sospechaba que aquella reclusión fuera un inconveniente pues Cósima llenaba nuestras horas de juegos y aventuras imaginarias. Sin embargo no me dejaba tranquila agitando mi conciencia con sus ideas rebeldes.

Trepábamos a la estructura metálica que mi padre había construido para instalar un bidón invertido que funcionaba como ducha de verano. Desde allí por encima de la tapia olíamos la libertad mirando los pinos piñoneros que parecían gigantes detenidos entre el trigo que se extendía como una sábajna infinita.
Una vez habíamos llegado hasta allí con mi padre que, con la puntería que aun conservaba de chico de pueblo, había derribado una docena de piñas con un tirachinas. Volvimos con el botín y con los vestidos manchados de negro y de resina.
Al volver de la escapada mi madre no nos dirigió la palabra.
Cósima interpretó que nuestra progenitora sentía aversión hacia cualquier cosa con la que pudiéramos  disfrutar. Cuando detectó mi incredulidad, lanzó un bufido de fastidio por no ponerme inmediatamente de su parte.

Así que aquella tarde cuando nuestra madre salió al patio y la sorprendió a punto de hacer girar el columpio como una noria, inmediatamente se dispuso a fastidiarla, según me informó luego mi hermana cuando me puso al tanto de los agravios que me habían pasado inadvertidos.

–!Baja!– le ordenó con brío –Deja ese maldito columpio… vamos a salir– anunció –A partir de ahora los sábados daremos todos juntos un paseíto por el pueblo hasta la hora de cenar… ¡Rafael, si esa niña no para, le desmontas ese trasto ahora mismo!.

–Deja subirse a tu madre que pruebe ella el columpio– intercedió nuestro padre que, según Cósima, eludía la furia de su mujer desviándola injustamente contra ella.

Y en efecto cuando escuchó las palabras de nuestro padre frenó en seco y cedió con despecho su sitio.

–Cosi ¡empújala tu!– insistió mi padre.
Mi hermana pareció herida en su amor propio aunque obedeció al momento, eso sí lanzando miradas de furia contra mi padre que ignorándolas sonreía satisfecho. Mi madre se balanceaba triunfante. Y yo aplaudía sin prevenir el drama que estaba a punto de sobrevenir.

Mi hermana empujaba más y más. Trasformada su furia en fuerza, consiguió que mamá volara. Y,  en efecto, salió despedida hasta aterrizar de culo en el suelo.
Mi padre se apresuró angustiado a levantarla antes de que mi madre comenzara a rugir, disimulando la humillación de la caída con la queja por el desgarro en su vestido de flores.

Si Cósima sintió miedo lo ocultó con una respuesta tan inesperada como desafiante. Se subió a la rama más alta y se puso a comer moras como si tal cosa.
Empecé a llorar porque les tenía miedo a las dos. A nuestra madre porque su poder me parecía incontestable y a mi hermana porque me hacía sentir tonta y cobarde.

A la hora de cenar mi madre me ordenó que pusiera la mesa fuera, en el porche, desde el que se veía perfectamente la rama a la que Cósima seguía encaramada. Y me obligó a ponerme un vestido azul con tira bordada que aún no habíamos estrenado. Eso me sorprendió porque siempre se requería de alguna celebración especial para que nos fuera permitido ponernos algo nuevo. Mi natural optimismo me hizo creer que tal vez se preparaba un desenlace feliz.

 –Ahora vete a por tu hermana y enséñale tu vestido. Ya verás si baja, será incapaz de dejar que se enfríe el suyo–  dijo mi madre como si se tratara del asado que acababa de sacar del horno.

Comprendí entonces que se trataba una estrategia porque si había algo en el mundo capaz de tentarla, ese algo era sin duda estrenar ropa nueva. Me acerqué al árbol contoneándome para que se fijara bien en mi atuendo y le pedí que bajara.

–De ninguna manera pienso hacerlo. A partir de ahora me cubriré con hojas de morera– replicó y arrancó una hoja que se colocó de sombrero.

Me pareció que respondía sin pensar en las malas consecuencias que sin duda le sobrevendrían si contravenía las órdenes de mi madre. Temí al oír sus decididas palabras que se sintiera en deuda con su promesa temeraria y no diera nunca su brazo a torcer.
Se me saltaron las lágrimas por el fracaso de mi empresa y porque me temía la bronca familiar que se produciría en cuanto trasladara la noticia a mi madre.
Pero me equivoqué porque no sólo no montó en cólera sino que nos pusimos a cenar como si tal cosa.
Mi padre apareció vestido para la cena con traje y corbata pero además hizo algo que llamó aun mas mi atención. De espaldas a la morera y en dirección a la mesa donde cenábamos colocó un trípode, insertó la máquina de vídeo que le habíamos regalado por el día del padre y que hasta ahora no había utilizado apenas, y se puso a grabar la escena de la que se convirtió en una solemne cena para tres.

De tanto en tanto cuando la inquietud y la curiosidad me hacían volver la vista hacia el árbol para ver qué pasaba con mi hermana, también miraba directamente a la cámara.

–¡cielo, si te giras hacia la cámara no saldrá bien!– susurró mi padre a la manera de un ventrílocuo.
–¿quieres mirar la sopa? ¡Baja ese codo, estírate!– me reprendió mi madre entredientes.

Yo ignoraba si se trataba de evitar que nuestras voces estropearan la toma de una manera que no alcanzaba a comprender o más bien de que no nos oyera la que subida en el árbol estaba quedándose sin cenar. Fuera como fuese permanecí callada y seria.

De pronto me cayó una mora en la sopa y otra a los pocos instantes. Me entró la risa por lo que suponía que era un intento de interrupción premeditada de la ceremonia familiar. Mi hermana me bombardeaba desde el árbol. Intenté rescatar una mora que me había caído en la falda para que no me la manchase cuando de pronto se me vino encima una lluvia de bayas que extrañamente no llamaron la atención de mi madre pero que a mi me pusieron de mal humor.

Por dignidad me resistí a mirar hacia la fuente de los disparos y fijé, obediente como una monja, la vista en el plato. Empecé a comerme meticulosamente la sopa agridulce, sazonada por mis lágrimas, a la vez que atrapaba con la cuchara arrebatada, los frutos voladores que caían insistentemente en el caldo para hacerlos desaparecer sin que los detectara el mal genio de mi madre.

Maldije a Cósima por ponerme en aprietos y sobretodo por resaltar con su ascensión mi incapacidad para evitar el sufrimiento sin el parapeto que su jefatura hasta ahora me había procurado. Reconocer su superioridad me puso tan furiosa que sin pensármelo dos veces, me levanté con el plato en la mano y se lo lancé con tanto tino que le golpeó en la frente, se desequilibró y cayó al suelo.
Ciega de rencor me lancé contra ella la agarré de los pelos y acabamos enredadas en una lucha desigual. Recuerdo nítidamente aquella pelea porque mi padre giró el trípode y gravó la escena. Luego nos hicieron ver la película varias veces hasta que forzaron una reconciliación entre nosotras, que por su parte resultó ser fingida.

Porque desde entonces se volvió indiferente y esquiva. Iba a lo suyo. Yo me sumergí en unos celos que ansiaban todo lo que ella hacía. Me sentía arrepentida de la pelea pero ya no hubo remedio. Cósima me había expulsado para siempre del paraíso.





miércoles, 14 de diciembre de 2016

RESIDENTES



Te han bajado al panteón del sótano de la Residencia. Por la ventana que está al nivel de la calle contemplas el trágico vaivén de las negras ramas del ciprés del jardín que los relámpagos iluminan súbitamente. Tras el estallido de un trueno aturdidor, la estancia se queda a oscuras. Los hechos acaecidos hace una horas se conservan intactos en tu mente. La culpa te martiriza como una llaga abierta en carne viva.
Leonila enciende los candelabros alrededor de tu ataúd. La temblorosa luz desfigura su mueca antipática y sombría. Al mismo tiempo que ella percibes la silueta apenas iluminada de un joven bajo el dintel de la imponente puerta de caoba. ¡Amado Raúl! A pesar de la estremecedora tempestad tu hijo ha venido. Te aterra que la bruja se atreva a revelarle tu pecado. Es medianoche. Querrías evitarle la obscena visión de tu cuerpo inerte como una estatua de piedra en este rincón maldito. ¡Líbranos del mal!
La directora interrumpe una sonrisa escalofriante, se levanta solícita casi ingrávida y le tiende la mano. Acerca su boca pérfida y cuchichea en voz baja. ¿Se lo ha dicho? ¿lo sabe? No podrías soportar su desprecio. Ahora le tiende un documento y  después se desvanece en las tinieblas. Cuando se queda solo, Raúl se acerca al discreto catafalco, te contempla con estupefacción, se tapa el rostro con las manos y solloza.

–¡No llores! ¡no soy digna!– quieres gritarle pero las palabras se dispersan como murciélagos asustados en la caverna de tu boca yerta.

De pronto cae un rayo muy cerca y el resplandor ilumina un rostro amagado en la sombra. Reconoces los ojos rasgados, la perilla luciferina y la boca seductora de tu asesino. Como la erupción de un volcán te invade la visión de tu propio cuerpo cabalgando sobre el de ese hombre, sí, es él. No tienes dudas reconoces esa boca incapaz de esconder su lascivia y culpable de los jadeos incontenibles de tu propia desvergüenza. No distingues la pasión de la repulsión que te provoca ¿Cómo? ¿Te atreverías de nuevo? Tu alma descarriada persiste en el anhelo vicioso y desmedido. Y ese espectro maligno está a punto de aproximarse a tu único hijo.

–Soy Remigio, un residente. En los últimos meses hice amistad con tu madre…–el joven asiente pero no le da la mano. –¡una dama admirable! Te acompaño en el sentimiento. La queríamos mucho, no te quepa la menor duda.
–Se lo agradezco–.
–¿la directora te ha mostrado el documento?–añade con maléfica intención el que se ha presentado como un simple residente. Raúl, confuso, duda un instante. Al final comprende y le contesta abatido:
–Mi madre siempre me expresó la voluntad de ser incinerada.
–Es evidente que cambió de opinión y manifestó por escrito su deseo de ser enterrada en esta institución.
–Le aterraba despertarse dentro de una tumba sellada. Quería asegurarse de no ser nada tras la muerte– añade Raúl con la lección aprendida.
–¿Hay una  vida más allá, no es usted creyente?– Raúl no le contesta y el caballero continua: –El médico ha certificado su muerte a causa de un infarto.
–¿Así sin más?–
–Sin más. El corazón es el órgano más poderoso que poseemos pero tan vulnerable por otra parte– concluye Remigio con hipocresía.

Te alegras de que le oculte tu vergonzante pecado, verdadero motivo de tu muerte, pero ¡oh pérfido traidor! comprendes la intención perversa que le mueve. Se propone mantenerte intacta, muerta pero viva. A su merced.

Intentas gritar: –Hijo mío, ¡que mi cadáver sea destruido por el fuego! ¡Oponte a la bestia! …no quiero pecar nunca más. Tu candor filial merece mi arrepentimiento. Nunca más, nunca más–.
Día tras día has padecido los halagos premeditados del cruel Casanova, sus caricias secretas han forzado tu virtud y tu orgullo. Ligada por los asfixiantes lazos del placer. Has sido y eres suya. Hasta conseguir tu caída ha insistido con cínicas lisonjas:

– pronto serás como yo. ¡Sacrifícate!. Vivir sin voluntad propia es la más sagrada forma de entrega. El amor en estado puro implica la renuncia. ¡Serás especial !

Este noche ha representado el acto final de su demoníaca farsa. Un violento temporal ha roto el negro silencio del dormitorio. Y el aparecido exige un hueco en tu lecho. Accedes sumisa. Entonces como en cada acto amoroso ha llevado a cabo el ritual dionisíaco para terminar de quebrar tu voluntad. Te muerde  los labios, hunde sus colmillos en tu seno y  tú, poseída de lúbrica locura, agradeces con gemidos sordos cada mínima caricia encaminada a provocar el ansia del tacto que te escatima. Sientes tu sangre penetrando a chorros por su garganta. El placer supera al miedo y te entregas hasta que tu corazón estalla y lanzas un postrero gemido animal. Culmen del drama macabro.
No has podido evitar que tu hijo querido haya dado su permiso y que tras el desolado funeral se haya marchado. Luego, has abierto los ojos dentro del féretro sellado fuera del alcance de la impertinente luz del sol. Allí has permanecido encerrada llena de terror. ¡Tanto pánico y tanto frío! Remigio ha regresado. Le suplicas, imploras que te deje salir. Por cobardía te doblegas a su mandato infame, pero le exiges: –¡Sólo una vez! ¡Sólo una vez!– El acata impasible y jura: –¡Una vez! ¡Luego morirás!.

Subes sumisa hacia el comedor obsesionada: –¿tendrá valor la palabra de un vampiro?–
De entre todos los residentes señala con un gesto a la víctima y te empuja hacia ella. El abatimiento casi te hace desplomarte. ¡Clotilde. ¡Oh dulce amiga! ¡Tan quebradiza como una amapola acechada! ¡No, no!
La inocente se da cuenta de tu llegada y ofrece a tus funestas intenciones, una sonrisa sin defensas. Ingenua y cándida, asegura que te ha visto de lejos en el jardín esta mañana y te reprende con un mohín por no haberle hecho caso en todo el día. Sirven la cena pero tu ¡pálida como la muerte!, no probarás bocado. Impelida por el fatal acuerdo extremas tus atenciones con ella y le invitas a contemplar la luna. Acepta con inocencia que la tomes de la cintura y enlaza la tuya con una mano cálida mientras camináis hacia la maraña de árboles siniestros. Cuando el rayo del astro ilumina de pronto su confiado rostro, por la fuerza del hechizo recupera a tus ojos el encanto conmovedor de la juventud. Te bastaría con herir una de sus mejillas pero te contienes porque deseas, con todo el vacío de lo que antes era tu alma, clavar el filo de tus dientes en su pecho a medianoche…. y dudas:

–¡Desgraciada Clotilde! ¿Mereces un destino tan aciago como el mío?

No te detienes y le rozas con las uñas la delicada curva del cuello. Sabes en el momento en que le muerdes tras la oreja que esta noche la debilitarás poco a poco, no del todo. Ella, lánguida, desfallecida se apoya en tu hombro mientras os dirigís a la habitación como hermanas. La tiendes en el lecho y contemplas extasiada el candor de sus mejillas. Te acercas, rasgas su pecho con un zarpazo diestro y tiembla. Brota la sangre, reposas tu boca encima y el fluido tibio te conmueve las entrañas. ¡Excelso placer inmortal! ¡Maldad sublime!
Poco antes del amanecer dejas a Clotilde dormida y vuelves a encerrarte voluntariamente en tu sepulcro. Y descansas en paz anhelando: –¡una vez más, una vez más!–





domingo, 11 de diciembre de 2016

Dulce Ocaso. Residentes disidentes.

Entreabrió con sigilo la puerta de su habitación y asomó la cabeza al pasillo. Miró a ambos lados y comprobó que estaba despejado de viejos y enfermeros. Cerró la puerta y abrió con rapidez el armario de su compañera de cuarto. Sus movimientos eran diestros, no parecían de una anciana de 91 años. Extrajo de la balda de arriba la maleta de piel y la posó sobre la cama. Un ligero entrechocar de botellas le aceleró el pulso. 
—Sssssshhhhh —se reprendió a si misma— con tiento, Cloti, con tiento.
Sacó la botella empezada y bebió un largo sorbo de whisky. Sonrió. Podía aguantar todo el día sin beber ni un solo trago pero también lo podía aguantar bebiendo, qué narices. Escondía su arsenal DYC en la maleta de Violeta, su compañera de cuarto, porque sabía que nunca iba a ser utilizada. Los ancianos que vivían en la residencia Dulce Ocaso entraban con maleta y sólo salían de allí cuando ya no les hacía falta. 
Borró toda huella y se dirigió hasta la sala de lectura. Clotilde no necesitaba andador pero en público siempre lo usaba. Tenía uno de ruedas muy moderno, regalo de su nieta Sila, que llevaba una bolsa de tela de leopardo en la que metía su Mac y su Iphone. 
—Buenos días, señora Clotilde— le dijo un anciano desde su silla de ruedas.
Clotilde pasó muy despacio junto a él sin levantar la vista y sin contestar. Le encantaba recrearse en su papel, era su estratagema para poder vivir a su manera: hacer que todos creyeran que sus facultades estaban más mermadas de lo que lo estaban. Una leve sonrisa, casi imperceptible, le iluminó la cara cuando oyó a Matías decir: 
—¡Qué sorda está la tía!
Llegó a la sala de lectura y se sentó junto a la ventana. Era su sitio preferido en la residencia. Le gustaba dar la espalda a la sala y mirar hacía el jardín. Conectó el ordenador y empezó a mirar las notificaciones de Facebook. Buscó una imagen de una flor por Internet y la puso en su muro. Abajo escribió: Buenos días, amigos. Una mañana preciosa como esta flor. Mientras esperaba repuesta empezó a mirar páginas turísticas sobre su próximo destino: Los Fiordos. Era el viaje que ofrecía este año el Imserso. Estaba entusiasmada porque finalmente podría ir. La Residencia Dulce Ocaso era privada y a Clotilde después de que le descontaran del banco la mensualidad apenas le quedaba para sus pequeños gastos. Pero había una cosa que no perdonaba: su viaje anual, su única salida al exterior de los muros de la residencia. Generalmente le daba el sablazo a su hija mayor, pero este año se había puesto seria, la muy rácana, y le había negado el viaje. También lo había intentado con su hija pequeña pero esa siempre estaba tiesa, siempre alargando más el brazo que la manga. Finalmente la solución había venido de manos de su nieta Sila ¡Qué cielo de niña! Siempre se podía contar con ella cuando se la necesitaba.
El alma se le ensanchaba con las espectaculares fotografías de los Fiordos, promesa de paisajes indómitos, vistas de ensueño, tranquilos lagos azules. Ya se estaba viendo, rodeada de la apabullante belleza noruega, atendida como una reina por las simpáticas azafatas que se enternecerían al saber su edad ¿Nonagenaria viajera? Eso era valentía.
Un olor a comida la sacó de su ensimismamiento. Se giró y vio a Mariajo, la cocinera chuleta, fumando en la puerta. Tomó las riendas de su tacataca y se encaminó hasta ella.
—Cocinerica, cocinerica ¿Qué nos has hecho hoy de comer?
Su mandíbula salía y entraba como si ya estuviese desgustando el manjar de ese día.
La cocinera la miró de medio lado, entrecerró los ojos y dio una larga calada a su cigarro.
—De primero caldereta de bogavante y “pa” detrás —dijo mientras soltaba el humo— paletilla de cordero al horno con su patatita y su cebollita.
—¡Ole y ole! —Soltó el andador y redobló las manos con pose flamenca—¿Qué pasa? ¿Se ha vuelto loca la directora?
—Tú sí que te has vuelto majara —rió divertida— Mírala, bailando y “to” ¡Es broma! ¿Qué va a haber, Cloti? Pues lo de todos los jueves: Sopa de fideos y muslo de pollo hervido.
—La mierda de la Leonila de las narices. Nos mata de hambre. Nos cobra jabugo y nos pone mortadela. ¡Nos mata de hambre!
—¡Eh! y de postre fruta o yogurt “hacendaño" sabores—dijo levantando el índice como advertencia— “Pa” que no os quejéis de que no os da a elegir.
Resignada y con el ánimo torcido se encaminó hasta el soleado vestíbulo que daba al comedor a esperar la hora del almuerzo. Le gustaba que el sol que entraba a través de los grandes ventanales le calentara la piernas. Se cruzó con Remigio y Violeta y vio que le giraban la cara ¿Qué mosca les habría picado? ¿Habrían hablado ya con Frau Brugen? Pensaba negarlo todo. Sospecharían de ella pero nunca tendrían la certeza. Vio a la pareja forcejear y que Remigio la cogía del brazo intentando retenerla pero Violeta se zafó y fue hasta Clotilde.
—Has ido con el cuento a dirección. No me esperaba eso de ti, Cloti.
—No te oigo ¿Qué dices?
—Lo sabes de sobra. Le has dicho a Leonila que me acuesto con Remigio.  
—¡Yo no he dicho nada! ¡Mira! Pero si he estado en la biblioteca toda la mañana. Preguntarle a la Milagros que la tenía al lado roncando.
—Borracha y chivata. Morirás sola. Encima de tu féretro pondrán un ordenador para que asistan al sepelio tus amigos de Facebook.
La vio alejarse briosa. Se había desquitado. Clotilde se sintió muy triste, a su edad, aquejada de cientos de achaques, lo que más le dolía era la soledad. Violeta era su única amiga y se llevaban muy bien hasta que se había hecho novia de Remigio. No era ninguna novedad, durante toda su vida muchas de sus amistades se habían malogrado por culpa de los novios. Pero esta última pérdida la dejaba un poco descolocada. A Clotilde la convivencia con los otros ancianos le parecía abominable, el alto precio que debía pagar por su falta de autonomía. Ella, pesé a que estaba hecha un roble y tenía buena cabeza, necesitaba las atenciones que ofrecía la residencia pero muchos días, cuando veía la enfermedad y el deterioro de los otros ancianos, echaba de menos la soledad que aborrecía estando fuera. Rodeada de gente se sentía tan sola. En cambio con Violeta había tenido suerte. Ambas eran mujeres de cultura similar, que gozaban de una salud aceptable y que habían llevado una vida libre sin importarles las apariencias. Suponía que por eso Leonila Parra, la directora, las había puesto en la misma habitación. Y al principio el noviazgo con Remigio le había parecido inofensivo. Cómo imaginar lo que ocurrió después.
Por los altavoces de la residencia sonaron los primeros compases de La Traviata Drinking Song de Ferdinand Lang interpretada por la filarmónica berlinesa. Era la sutil forma de Leonila Parra de llamar a su rebaño al pasto. Hora de comer. Dejó que se deshiciera la aglomeración de andadores que se agolpaban en la puerta, parecía la entrada de unos grandes almacenes en rebajas. Se sentó sola en la mesa que había junto a los servicios y desde allí vio entrar al salón a su compañera de cuarto del brazo de Remigio, ambos muy dignos, con el mentón más elevado que de costumbre. Se sentaron con “la Amparo” y “la Milagros”, el duo de cotillas más grande de la residencia. Vivir para ver.
—¡Qué solita que esta usted hoy, Señora Cloti!— le dijo la camarera al verla sin compañía.
—¿Qué dices, bonica? Es que estoy medio sorda.
—Nada, que buen provecho, mujer.
—No sé qué dices del techo. Será la pila— dijo señalando el sonotone—. Espera, bonica ¿Pueden ser dos yogures? Es que son buenos para los huesos.
—Ahora se lo traigo. Sorda como una tapia —dijo mientras se alejaba— pero la gana no le falta ¡Jesús! Dónde lo meterá.
Clotilde era una vieja enjuta. Toda su vida había sido delgada y de buen comer. En el Instituto dónde impartió durante 40 años las asignaturas de Lengua y Literatura la apodaban Cloti la palo. 
Era de caja ancha y piernas fuertes, acostumbradas a caminar. Había ido andando toda su vida de casa al trabajo, sesenta minutos de caminata diaria en la que escuchaba Radio clásica. 
Ahora en la residencia hacia 20 minutos de estiramientos matutinos con la complicidad de Violeta. Era la única que sabía que estaba mas lozana de lo que aparentaba, aunque nunca le había confesado que lo de la sordera también era impostado. Por eso tanto ella como Remigio pensaron que no se enteraba por las noches cuando éste venía a visitarla y a dormir con ella. Sexo en la tercera edad, esa sí que era buena. Violeta era una mujer de una sola pieza, Cloti la admiraba. 
Pero una cosa era el porno viejuno en directo y otra distinta la diáspora romántica ¿Por qué habían decidido, sin consultarle, que querían tener una habitación para ellos solos? De ninguna manera pensaba consentirlo. Si Violeta se cambiaba a la habitación de Remigio, por fuerza ella tendría que compartir la suya con Matias, ese viejo baboso y sin dientes que olía a colonia barata y que comía todo batido, hasta la ensalada ¡Por encima de su cadáver! Además ella contaba con el contenido de la maleta de Violeta, su armario era registrado de forma periódica. Por eso fue con el cuento del sexo a la directora. Tuvo que taparse la nariz para hacerlo pero ¿qué otra opción le quedaba?
De la mesa contigua a la suya le llegaba una conversación sorprendente y frecuente. Eran las contradicciones a las que había que acostumbrarse si vivías en Dulce Ocaso.
—Pues yo he elegido el modelo Kennedy. Lleva la madera maciza de color caoba. En brillo —dijo “la Remeditos”.
—Yo pago un plus de muertos —añadió Concha sin quedarse atrás— y tengo un cortejo fúnebre con mercedes para mis familiares. No quiero que ese día tengan que andar conduciendo.
Clotilde negó varias veces con los ojos en blanco. Como dirían sus alumnos: la vida era alucinante.
—Pues yo les tengo dicho a mis hijos que lo quiero cerrado y sin crucifijo o allí mismo me levanto y les pego el susto.
—¡Qué borrica!— Todas rieron.
Un repiqueteo de tacones sacó a Clotilde de su estupor. Era la directora que todos los días hacía una ronda por las mesas después de la comida. Leonila Parra, alias Frau Brugen, vestía siempre modelos de falda larga y cuello alto. Usaba grandes pendientes de perlas, una colonia que olía a peste bubónica y se peinaba con un moño alto que le acentuaba el aire de estirada. 
—¿Qué tal mis chicas de oro? ¿Cómo ha estado la comida?
—Estupenda, estupenda. Muy rica— balaron todas.
Se acercó hasta Clotilde y le puso la mano sobre el hombro.
—Hiciste lo correcto. Ahora estas sola pero todo volverá a su cauce.
La ira encendió el rostro de Cloti cuando vio que Remigio y Violeta la miraban desde lejos.
—No sé qué dice. Con lo que nos cobra al mes no me llega para las pilas del sonotone. La comida como siempre, escasa y mala. Dígame una cosa ¿usted come pollo hervido?
Leonila sonrió con cinismo y se encaminó hacia otra mesa dejando tras de sí su olor de mofeta. 
A cámara lenta, asegurando un paso antes de dar el siguiente, Clotilde se dirigió a su habitación para echarse un rato y reposar la comida. La mayoría de los ancianos después de comer iban al salón de televisión a entretenerse con la novela de La 1. Después jugaban a dominó los hombres y a bingo, parchís o cartas las mujeres. Cloti nunca participaba de estas cosas. La verdad es que no era muy popular en la residencia y hasta cierto punto, reconocía que era comprensible. Sin embargo hoy, tras el enfado con Violeta, sentía que la soledad le pesaba como un fardo. 
Llegada a su habitación, la actriz se deshizo del disfraz de tortuga para convertirse en liebre. Sacó la maleta de Violeta y tomó un primer sorbo de whisky para las articulaciones doloridas. Bebió el siguiente, largo y cálido, para aletargar las neuronas y dio un último trago, seco y rápido, para su maltrecho corazón. Se acostó a esperar a que el sueño la sumiera en el olvido, en la paz de la inconsciencia. 
Cómo le dolía todo, cómo le dolía el alma. Se había convertido a ojos de su mejor amiga, su única amiga, en una chivata, en una mojigata delatora. No había calculado bien. Había sido un acto impulsivo, casi como satisfacer una necesidad tan primaria como respirar. 
Se impacientó porque el sueño no le venía. El recuerdo de lo acontecido le quemaba como una brasa. Hizo otro viaje al armario de su compañera de cuarto. Apuró de un solo trago la botella empezada y volvió a la cama. Al poco cayó dormida. La despertó una auxiliar a las ocho de la mañana del día siguiente. 
—Qué raro, Cloti, que usted perdonase anoche la cena. ¿Se encuentra bien? Aunque no cene tiene que tomarse las pastillas y no hubo manera de despertarla. Si no es por el olor la hubiésemos creído en coma. Tiene que salir un momentito de la habitación, han venido los familiares de Violeta a recogerla ¡Parece que se van a vivir juntos Remigio y ella! —dijo muy sonriente. Y abrazada a un juego de sábanas limpias miró por la ventana y suspiró. Dijo: Ay Cloti, es pura verdad lo de que el amor no tiene edad. 
Entonces aparecieron Violeta y su hijo. La enfermera salió dando los buenos días. 
—No se entretenga, señora Clotilde. Venga a desayunar.
—Buenos días —dijo Raúl—¿Dónde tienes tus cosas mamá? ¿Este armario?
—Sí hijo, este de la izquierda.
Raúl sacó la maleta y las botellas quedaron al descubierto.
—Mamá ¿Qué es esto? 
Ambos miraron a Clotilde que agachó la cabeza y se puso a seguir con el dedo indice el estampado de la colcha.
Raúl pasó el whisky al armario de Clotilde sin mediar palabra. Después dejó la maleta sobre la cama y empezó a llenarla de ropa.
Clotilde sintió una fuerte punzada en la cabeza, tenía una aplastante resaca que la aturdía pero no la liberaba de su lucidez. En esta vida hay personas que no se ajustan a convencionalismos, hay momentos en los que una nota  discordante, un verso suelto, aporta el contraste. En los asilos las maletas y el sexo no suelen ser de mucha utilidad. Pero allí estaba Violeta para contradecirlo: una anciana revolucionaria que se negaba a interpretar su papel y hacía uso de ambas cosas. Tenía una mirada brillante, audaz. Es la edad mental la que mueve a las personas.
Violeta cogió de la maleta su pequeño joyero. Palpó la superficie de terciopelo jugando con los verdes tornasolados del ante. Lo abrió y se quedó muy quieta. Su mueca audaz mutó en espanto.
—¿Qué ocurre, mamá?
—La pulsera que me regaló tu padre, no esta.
—¿Qué?
Ambos miraron a Clotilde. 
—¡Yo no he sido! A mí no me mires que yo no he sido, Violeta. La habrás dejado en otro sitio y ahora no te acuerdas. 
—Esa pulsera estaba aquí y en ningún otro sitio —dijo Violeta roja de ira.
Raúl la miro desafiante.
—Esa pulsera era un recuerdo de familia, un regalo de mi padre. Algo que he visto en la muñeca de mi madre desde que era pequeño. Esa pulsera aparecerá como me llamo Raúl ¡Sinvergüenza!

Y la pulsera apareció en una tarde deslumbrante, preciosa, espectacular. Clotilde navegaba por los Fiordos a bordo del Costa Fantasía. Los colores del ocaso impregnaban de amarillo y naranja la realidad. En la cubierta de popa había decenas de hamacas donde la contemplación de los paisajes noruegos hacia a los turistas sobrecogerse en serie. Una azafata se acercó y ofreció a la anciana una manta. La arropó y se la quedó mirando con las manos juntas y la sonrisa condescendiente.
—¿Me harías una foto, bonita? Desde la izquierda. Así, tapadita en la hamaca y con el paisaje detrás.
—Claro que sí. Faltaría más.
Clotilde subió la foto a su muro de Facebook. Escribió: Conmovida por los escarpados acantilados, las bahías infinitas y los pintorescos pueblos noruegos, hoy os doy las buenas noches desde los Fiordos ¡Felices sueños, amigos!
Sonó el teléfono. Era su nieta Sila.
—¡Cariño! Tendrías que verme. La yaya esta en una hamaca a bordo de un barco precioso ¡Precioso!
—Yaya —siguió un silencio tenso—Yaya… ha venido la policía a casa. Me han enseñado unas fotos de la pulsera que me diste para empeñar. Dicen que no era tuya —la nieta empezó a llorar— ¿Cómo has podido, yaya? ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!
Clotilde colgó.
Varios pitidos la alertaron de nuevas notificaciones de Facebook. En apenas diez minutos tenía 17 me gusta.
Alicante ciudad decía: ¡Vaya suerte! Que lo disfrutes con salud.
Hector Campos: Menudo morro que tienen algunas…
Marifé: Cuídate mucho, Cloti. Besos y abrazos.
Clotilde escribió: 

Gracias amigos:))) Soy tan feliz:))) Este viaje es sin duda ¡una experiencia inolvidable!


Texto: Viqui Catalán
Ilustración: María Castro

jueves, 8 de diciembre de 2016

Reto: un relato con distintos puntos de vista

Planteamos un reto: escribir un relato desde distintos puntos de vista, partiendo de una premisa común, que era esta: en una residencia de ancianos, una pareja de ancianos ha sido sorprendida practicando sexo, algo que contraviene las normas.

Los personajes eran:

- Violeta, anciana que practica sexo
- Remigio, anciano que practica sexo
- Leonila, directora de la residencia
- Clotilde, compañera de habitación de Violeta
- Raúl, hijo de Violeta.

El resultado fueron estos relatos que aparecen más arriba.