martes, 9 de enero de 2018

Si no eres objeto de amor no vales nada


Hubo un tiempo en mi vida en que me dediqué a un hombre de todo corazón. 
Aprendí su cuerpo y sus humores.
Me hice amiga de sus amigos. ¡Qué majos!
Me mudé a su pueblo y lo hice mío. 
Aprendí su idioma. Ya pasaba por una lugareña. Decía: Lluç. Decía: Coca de fira. Decía: Anem al pebràs?
¡Ay si le di yo de mí! Me dediqué a ese hombre en cuerpo y alma. 
Cocinaba para él. 
Le arreglé la casa. 
Le llené de plantas sus terrazas.
¿Qué te da? –decían–. ¿Qué te da?
Yo respondía sacando pecho: ¿Acaso el amor es egoísmo? No me da nada, nada de nada, aparte de un espejo donde mirar lo bella y buena que soy cuando amo con total entrega, complaciente y sin reservas.

Después empezó a complicarse todo.
Me daba en la cabeza con sus zapatos de ceremonia, esos que tienen el tacón más duro.
¡Toma! A ver si vuelves, decía.
Me dejaba llorar el tiempo que él estimaba oportuno y después decía: Ven. 
Y yo volvía, a mirarme en su espejo lo bella y buena que soy cuando amo con total entrega, complaciente y sin reservas. 
Yo decía: ¡Pasó el temporal! y sonreía.
Le regalaba mi tiempo porque él no tenía.
Lo agasajaba con mi buen carácter porque él no tenía.
Sin transición, sacaba su zapato y decía:
¡Toma! A ver si vuelves.
Yo miraba mis moraduras que pasaron de ser internas a públicas. Ahora mis amigos también las veían y me decían: ¡No vuelvas! ¡Huye! ¡No vuelvas!
Entonces él decía: Ven.
Y yo… volvía, a mirarme en su espejo lo buena y bella que soy cuando amo con total entrega, complaciente y sin reservas.
Cada vez me daba más fuerte.
Los pinos del camino me veían llorar. 
Sus amigos me veían llorar.
Su pueblo me veía llorar.
Yo le regalaba mi vida porque él no tenía.
Yo le regalaba mi amor porque él no tenía.
Yo le regalaba mi alma porque él no tenía.
El penúltimo golpe fue tan fuerte que hizo temblar el suelo donde pisábamos, agujereó las paredes, sacudió los cristales y rompió su espejo. Perdida en mitad de un arrozal, me contemplé en el agua clara de la amistad: no era bello mi reflejo, tenía media cara amoratada y el gesto de un payaso alcohólico. Estaba extenuada. Había gastado hasta la última de mis fuerzas.
Fue entonces cuando perdí la esperanza de que no volviesen más golpes.
Él, viendo los pedazos rotos de su espejo, dijo: Ven, cambiaré. Y se apuntó a un curso de valenciano.
Yo volví, ya sin espejo donde admirar mi belleza, solo para mostrarle a él su propio reflejo en el último golpe. Me puse mis mejores galas, cien espejos reflejaban mi belleza evidenciando que ya no necesitaba sus añicos.
Él se acercó, blandió su zapato unos segundos en el aire y con voz fría me dijo al oído:
¡Toma! A ver si vuelves.
Me partió la ceja que tenía levantada mostrando mi incredulidad. Fue un corte limpio, de tan limpio fue indoloro. La carne se abrió mostrando mis vísceras azuladas. Un chorro de sangre se apantanó en mi ojo derecho y corrió lagrimal abajo como un llanto sangriento. No dolía, solo asustaba, pero era, por fin, el pasaporte para mi adiós sin retorno. 
Visto con distancia, en realidad fue un golpe de suerte.

Invoqué el paso del tiempo, me agarré a ese lugar común.
Dije: he tenido mala fortuna, eso es todo. 
Dije: chic y chac; curada.
Entonces busqué el siguiente pueblo en el que vivir, el siguiente idioma que aprender, el siguiente hombre al que dedicarme de todo corazón, sin contrapartida. ¿Acaso exigir no era egoísmo? 
El mundo me había dicho: Si no eres objeto de amor no vales nada.

Por eso seguí buscando al siguiente hombre espejo, aunque no me diese nada, nada de nada, salvo un bello reflejo que evidenciase lo buena y bella que soy cuando amo con total entrega, de forma complaciente y sin reservas.



2 comentarios:

  1. Me encanta.Tristemente realista,pero precioso. Ojalá aprendamos a mirarnos en otros espejos.

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