Te han bajado al panteón del sótano de la Residencia. Por la ventana que está al nivel de la calle contemplas el trágico vaivén de las negras ramas del ciprés del jardín que los relámpagos iluminan súbitamente. Tras el estallido de un trueno aturdidor, la estancia se queda a oscuras. Los hechos acaecidos hace una horas se conservan intactos en tu mente. La culpa te martiriza como una llaga abierta en carne viva.
La directora interrumpe una sonrisa escalofriante, se levanta solícita casi ingrávida y le tiende la mano. Acerca su boca pérfida y cuchichea en voz baja. ¿Se lo ha dicho? ¿lo sabe? No podrías soportar su desprecio. Ahora le tiende un documento y después se desvanece en las tinieblas. Cuando se queda solo, Raúl se acerca al discreto catafalco, te contempla con estupefacción, se tapa el rostro con las manos y solloza.
–¡No llores! ¡no soy digna!– quieres gritarle pero las palabras se dispersan como murciélagos asustados en la caverna de tu boca yerta.
De pronto cae un rayo muy cerca y el resplandor ilumina un rostro amagado en la sombra. Reconoces los ojos rasgados, la perilla luciferina y la boca seductora de tu asesino. Como la erupción de un volcán te invade la visión de tu propio cuerpo cabalgando sobre el de ese hombre, sí, es él. No tienes dudas reconoces esa boca incapaz de esconder su lascivia y culpable de los jadeos incontenibles de tu propia desvergüenza. No distingues la pasión de la repulsión que te provoca ¿Cómo? ¿Te atreverías de nuevo? Tu alma descarriada persiste en el anhelo vicioso y desmedido. Y ese espectro maligno está a punto de aproximarse a tu único hijo.
–Soy Remigio, un residente. En los últimos meses hice amistad con tu madre…–el joven asiente pero no le da la mano. –¡una dama admirable! Te acompaño en el sentimiento. La queríamos mucho, no te quepa la menor duda.
–Se lo agradezco–.
–¿la directora te ha mostrado el documento?–añade con maléfica intención el que se ha presentado como un simple residente. Raúl, confuso, duda un instante. Al final comprende y le contesta abatido:
–Mi madre siempre me expresó la voluntad de ser incinerada.
–Es evidente que cambió de opinión y manifestó por escrito su deseo de ser enterrada en esta institución.
–Le aterraba despertarse dentro de una tumba sellada. Quería asegurarse de no ser nada tras la muerte– añade Raúl con la lección aprendida.
–¿Hay una vida más allá, no es usted creyente?– Raúl no le contesta y el caballero continua: –El médico ha certificado su muerte a causa de un infarto.
–¿Así sin más?–
–Sin más. El corazón es el órgano más poderoso que poseemos pero tan vulnerable por otra parte– concluye Remigio con hipocresía.
Te alegras de que le oculte tu vergonzante pecado, verdadero motivo de tu muerte, pero ¡oh pérfido traidor! comprendes la intención perversa que le mueve. Se propone mantenerte intacta, muerta pero viva. A su merced.
Intentas gritar: –Hijo mío, ¡que mi cadáver sea destruido por el fuego! ¡Oponte a la bestia! …no quiero pecar nunca más. Tu candor filial merece mi arrepentimiento. Nunca más, nunca más–.
Día tras día has padecido los halagos premeditados del cruel Casanova, sus caricias secretas han forzado tu virtud y tu orgullo. Ligada por los asfixiantes lazos del placer. Has sido y eres suya. Hasta conseguir tu caída ha insistido con cínicas lisonjas:
– pronto serás como yo. ¡Sacrifícate!. Vivir sin voluntad propia es la más sagrada forma de entrega. El amor en estado puro implica la renuncia. ¡Serás especial !
Este noche ha representado el acto final de su demoníaca farsa. Un violento temporal ha roto el negro silencio del dormitorio. Y el aparecido exige un hueco en tu lecho. Accedes sumisa. Entonces como en cada acto amoroso ha llevado a cabo el ritual dionisíaco para terminar de quebrar tu voluntad. Te muerde los labios, hunde sus colmillos en tu seno y tú, poseída de lúbrica locura, agradeces con gemidos sordos cada mínima caricia encaminada a provocar el ansia del tacto que te escatima. Sientes tu sangre penetrando a chorros por su garganta. El placer supera al miedo y te entregas hasta que tu corazón estalla y lanzas un postrero gemido animal. Culmen del drama macabro.
No has podido evitar que tu hijo querido haya dado su permiso y que tras el desolado funeral se haya marchado. Luego, has abierto los ojos dentro del féretro sellado fuera del alcance de la impertinente luz del sol. Allí has permanecido encerrada llena de terror. ¡Tanto pánico y tanto frío! Remigio ha regresado. Le suplicas, imploras que te deje salir. Por cobardía te doblegas a su mandato infame, pero le exiges: –¡Sólo una vez! ¡Sólo una vez!– El acata impasible y jura: –¡Una vez! ¡Luego morirás!.
Subes sumisa hacia el comedor obsesionada: –¿tendrá valor la palabra de un vampiro?–
De entre todos los residentes señala con un gesto a la víctima y te empuja hacia ella. El abatimiento casi te hace desplomarte. ¡Clotilde. ¡Oh dulce amiga! ¡Tan quebradiza como una amapola acechada! ¡No, no!
La inocente se da cuenta de tu llegada y ofrece a tus funestas intenciones, una sonrisa sin defensas. Ingenua y cándida, asegura que te ha visto de lejos en el jardín esta mañana y te reprende con un mohín por no haberle hecho caso en todo el día. Sirven la cena pero tu ¡pálida como la muerte!, no probarás bocado. Impelida por el fatal acuerdo extremas tus atenciones con ella y le invitas a contemplar la luna. Acepta con inocencia que la tomes de la cintura y enlaza la tuya con una mano cálida mientras camináis hacia la maraña de árboles siniestros. Cuando el rayo del astro ilumina de pronto su confiado rostro, por la fuerza del hechizo recupera a tus ojos el encanto conmovedor de la juventud. Te bastaría con herir una de sus mejillas pero te contienes porque deseas, con todo el vacío de lo que antes era tu alma, clavar el filo de tus dientes en su pecho a medianoche…. y dudas:
–¡Desgraciada Clotilde! ¿Mereces un destino tan aciago como el mío?
No te detienes y le rozas con las uñas la delicada curva del cuello. Sabes en el momento en que le muerdes tras la oreja que esta noche la debilitarás poco a poco, no del todo. Ella, lánguida, desfallecida se apoya en tu hombro mientras os dirigís a la habitación como hermanas. La tiendes en el lecho y contemplas extasiada el candor de sus mejillas. Te acercas, rasgas su pecho con un zarpazo diestro y tiembla. Brota la sangre, reposas tu boca encima y el fluido tibio te conmueve las entrañas. ¡Excelso placer inmortal! ¡Maldad sublime!
Poco antes del amanecer dejas a Clotilde dormida y vuelves a encerrarte voluntariamente en tu sepulcro. Y descansas en paz anhelando: –¡una vez más, una vez más!–
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