domingo, 11 de diciembre de 2016

Dulce Ocaso. Residentes disidentes.

Entreabrió con sigilo la puerta de su habitación y asomó la cabeza al pasillo. Miró a ambos lados y comprobó que estaba despejado de viejos y enfermeros. Cerró la puerta y abrió con rapidez el armario de su compañera de cuarto. Sus movimientos eran diestros, no parecían de una anciana de 91 años. Extrajo de la balda de arriba la maleta de piel y la posó sobre la cama. Un ligero entrechocar de botellas le aceleró el pulso. 
—Sssssshhhhh —se reprendió a si misma— con tiento, Cloti, con tiento.
Sacó la botella empezada y bebió un largo sorbo de whisky. Sonrió. Podía aguantar todo el día sin beber ni un solo trago pero también lo podía aguantar bebiendo, qué narices. Escondía su arsenal DYC en la maleta de Violeta, su compañera de cuarto, porque sabía que nunca iba a ser utilizada. Los ancianos que vivían en la residencia Dulce Ocaso entraban con maleta y sólo salían de allí cuando ya no les hacía falta. 
Borró toda huella y se dirigió hasta la sala de lectura. Clotilde no necesitaba andador pero en público siempre lo usaba. Tenía uno de ruedas muy moderno, regalo de su nieta Sila, que llevaba una bolsa de tela de leopardo en la que metía su Mac y su Iphone. 
—Buenos días, señora Clotilde— le dijo un anciano desde su silla de ruedas.
Clotilde pasó muy despacio junto a él sin levantar la vista y sin contestar. Le encantaba recrearse en su papel, era su estratagema para poder vivir a su manera: hacer que todos creyeran que sus facultades estaban más mermadas de lo que lo estaban. Una leve sonrisa, casi imperceptible, le iluminó la cara cuando oyó a Matías decir: 
—¡Qué sorda está la tía!
Llegó a la sala de lectura y se sentó junto a la ventana. Era su sitio preferido en la residencia. Le gustaba dar la espalda a la sala y mirar hacía el jardín. Conectó el ordenador y empezó a mirar las notificaciones de Facebook. Buscó una imagen de una flor por Internet y la puso en su muro. Abajo escribió: Buenos días, amigos. Una mañana preciosa como esta flor. Mientras esperaba repuesta empezó a mirar páginas turísticas sobre su próximo destino: Los Fiordos. Era el viaje que ofrecía este año el Imserso. Estaba entusiasmada porque finalmente podría ir. La Residencia Dulce Ocaso era privada y a Clotilde después de que le descontaran del banco la mensualidad apenas le quedaba para sus pequeños gastos. Pero había una cosa que no perdonaba: su viaje anual, su única salida al exterior de los muros de la residencia. Generalmente le daba el sablazo a su hija mayor, pero este año se había puesto seria, la muy rácana, y le había negado el viaje. También lo había intentado con su hija pequeña pero esa siempre estaba tiesa, siempre alargando más el brazo que la manga. Finalmente la solución había venido de manos de su nieta Sila ¡Qué cielo de niña! Siempre se podía contar con ella cuando se la necesitaba.
El alma se le ensanchaba con las espectaculares fotografías de los Fiordos, promesa de paisajes indómitos, vistas de ensueño, tranquilos lagos azules. Ya se estaba viendo, rodeada de la apabullante belleza noruega, atendida como una reina por las simpáticas azafatas que se enternecerían al saber su edad ¿Nonagenaria viajera? Eso era valentía.
Un olor a comida la sacó de su ensimismamiento. Se giró y vio a Mariajo, la cocinera chuleta, fumando en la puerta. Tomó las riendas de su tacataca y se encaminó hasta ella.
—Cocinerica, cocinerica ¿Qué nos has hecho hoy de comer?
Su mandíbula salía y entraba como si ya estuviese desgustando el manjar de ese día.
La cocinera la miró de medio lado, entrecerró los ojos y dio una larga calada a su cigarro.
—De primero caldereta de bogavante y “pa” detrás —dijo mientras soltaba el humo— paletilla de cordero al horno con su patatita y su cebollita.
—¡Ole y ole! —Soltó el andador y redobló las manos con pose flamenca—¿Qué pasa? ¿Se ha vuelto loca la directora?
—Tú sí que te has vuelto majara —rió divertida— Mírala, bailando y “to” ¡Es broma! ¿Qué va a haber, Cloti? Pues lo de todos los jueves: Sopa de fideos y muslo de pollo hervido.
—La mierda de la Leonila de las narices. Nos mata de hambre. Nos cobra jabugo y nos pone mortadela. ¡Nos mata de hambre!
—¡Eh! y de postre fruta o yogurt “hacendaño" sabores—dijo levantando el índice como advertencia— “Pa” que no os quejéis de que no os da a elegir.
Resignada y con el ánimo torcido se encaminó hasta el soleado vestíbulo que daba al comedor a esperar la hora del almuerzo. Le gustaba que el sol que entraba a través de los grandes ventanales le calentara la piernas. Se cruzó con Remigio y Violeta y vio que le giraban la cara ¿Qué mosca les habría picado? ¿Habrían hablado ya con Frau Brugen? Pensaba negarlo todo. Sospecharían de ella pero nunca tendrían la certeza. Vio a la pareja forcejear y que Remigio la cogía del brazo intentando retenerla pero Violeta se zafó y fue hasta Clotilde.
—Has ido con el cuento a dirección. No me esperaba eso de ti, Cloti.
—No te oigo ¿Qué dices?
—Lo sabes de sobra. Le has dicho a Leonila que me acuesto con Remigio.  
—¡Yo no he dicho nada! ¡Mira! Pero si he estado en la biblioteca toda la mañana. Preguntarle a la Milagros que la tenía al lado roncando.
—Borracha y chivata. Morirás sola. Encima de tu féretro pondrán un ordenador para que asistan al sepelio tus amigos de Facebook.
La vio alejarse briosa. Se había desquitado. Clotilde se sintió muy triste, a su edad, aquejada de cientos de achaques, lo que más le dolía era la soledad. Violeta era su única amiga y se llevaban muy bien hasta que se había hecho novia de Remigio. No era ninguna novedad, durante toda su vida muchas de sus amistades se habían malogrado por culpa de los novios. Pero esta última pérdida la dejaba un poco descolocada. A Clotilde la convivencia con los otros ancianos le parecía abominable, el alto precio que debía pagar por su falta de autonomía. Ella, pesé a que estaba hecha un roble y tenía buena cabeza, necesitaba las atenciones que ofrecía la residencia pero muchos días, cuando veía la enfermedad y el deterioro de los otros ancianos, echaba de menos la soledad que aborrecía estando fuera. Rodeada de gente se sentía tan sola. En cambio con Violeta había tenido suerte. Ambas eran mujeres de cultura similar, que gozaban de una salud aceptable y que habían llevado una vida libre sin importarles las apariencias. Suponía que por eso Leonila Parra, la directora, las había puesto en la misma habitación. Y al principio el noviazgo con Remigio le había parecido inofensivo. Cómo imaginar lo que ocurrió después.
Por los altavoces de la residencia sonaron los primeros compases de La Traviata Drinking Song de Ferdinand Lang interpretada por la filarmónica berlinesa. Era la sutil forma de Leonila Parra de llamar a su rebaño al pasto. Hora de comer. Dejó que se deshiciera la aglomeración de andadores que se agolpaban en la puerta, parecía la entrada de unos grandes almacenes en rebajas. Se sentó sola en la mesa que había junto a los servicios y desde allí vio entrar al salón a su compañera de cuarto del brazo de Remigio, ambos muy dignos, con el mentón más elevado que de costumbre. Se sentaron con “la Amparo” y “la Milagros”, el duo de cotillas más grande de la residencia. Vivir para ver.
—¡Qué solita que esta usted hoy, Señora Cloti!— le dijo la camarera al verla sin compañía.
—¿Qué dices, bonica? Es que estoy medio sorda.
—Nada, que buen provecho, mujer.
—No sé qué dices del techo. Será la pila— dijo señalando el sonotone—. Espera, bonica ¿Pueden ser dos yogures? Es que son buenos para los huesos.
—Ahora se lo traigo. Sorda como una tapia —dijo mientras se alejaba— pero la gana no le falta ¡Jesús! Dónde lo meterá.
Clotilde era una vieja enjuta. Toda su vida había sido delgada y de buen comer. En el Instituto dónde impartió durante 40 años las asignaturas de Lengua y Literatura la apodaban Cloti la palo. 
Era de caja ancha y piernas fuertes, acostumbradas a caminar. Había ido andando toda su vida de casa al trabajo, sesenta minutos de caminata diaria en la que escuchaba Radio clásica. 
Ahora en la residencia hacia 20 minutos de estiramientos matutinos con la complicidad de Violeta. Era la única que sabía que estaba mas lozana de lo que aparentaba, aunque nunca le había confesado que lo de la sordera también era impostado. Por eso tanto ella como Remigio pensaron que no se enteraba por las noches cuando éste venía a visitarla y a dormir con ella. Sexo en la tercera edad, esa sí que era buena. Violeta era una mujer de una sola pieza, Cloti la admiraba. 
Pero una cosa era el porno viejuno en directo y otra distinta la diáspora romántica ¿Por qué habían decidido, sin consultarle, que querían tener una habitación para ellos solos? De ninguna manera pensaba consentirlo. Si Violeta se cambiaba a la habitación de Remigio, por fuerza ella tendría que compartir la suya con Matias, ese viejo baboso y sin dientes que olía a colonia barata y que comía todo batido, hasta la ensalada ¡Por encima de su cadáver! Además ella contaba con el contenido de la maleta de Violeta, su armario era registrado de forma periódica. Por eso fue con el cuento del sexo a la directora. Tuvo que taparse la nariz para hacerlo pero ¿qué otra opción le quedaba?
De la mesa contigua a la suya le llegaba una conversación sorprendente y frecuente. Eran las contradicciones a las que había que acostumbrarse si vivías en Dulce Ocaso.
—Pues yo he elegido el modelo Kennedy. Lleva la madera maciza de color caoba. En brillo —dijo “la Remeditos”.
—Yo pago un plus de muertos —añadió Concha sin quedarse atrás— y tengo un cortejo fúnebre con mercedes para mis familiares. No quiero que ese día tengan que andar conduciendo.
Clotilde negó varias veces con los ojos en blanco. Como dirían sus alumnos: la vida era alucinante.
—Pues yo les tengo dicho a mis hijos que lo quiero cerrado y sin crucifijo o allí mismo me levanto y les pego el susto.
—¡Qué borrica!— Todas rieron.
Un repiqueteo de tacones sacó a Clotilde de su estupor. Era la directora que todos los días hacía una ronda por las mesas después de la comida. Leonila Parra, alias Frau Brugen, vestía siempre modelos de falda larga y cuello alto. Usaba grandes pendientes de perlas, una colonia que olía a peste bubónica y se peinaba con un moño alto que le acentuaba el aire de estirada. 
—¿Qué tal mis chicas de oro? ¿Cómo ha estado la comida?
—Estupenda, estupenda. Muy rica— balaron todas.
Se acercó hasta Clotilde y le puso la mano sobre el hombro.
—Hiciste lo correcto. Ahora estas sola pero todo volverá a su cauce.
La ira encendió el rostro de Cloti cuando vio que Remigio y Violeta la miraban desde lejos.
—No sé qué dice. Con lo que nos cobra al mes no me llega para las pilas del sonotone. La comida como siempre, escasa y mala. Dígame una cosa ¿usted come pollo hervido?
Leonila sonrió con cinismo y se encaminó hacia otra mesa dejando tras de sí su olor de mofeta. 
A cámara lenta, asegurando un paso antes de dar el siguiente, Clotilde se dirigió a su habitación para echarse un rato y reposar la comida. La mayoría de los ancianos después de comer iban al salón de televisión a entretenerse con la novela de La 1. Después jugaban a dominó los hombres y a bingo, parchís o cartas las mujeres. Cloti nunca participaba de estas cosas. La verdad es que no era muy popular en la residencia y hasta cierto punto, reconocía que era comprensible. Sin embargo hoy, tras el enfado con Violeta, sentía que la soledad le pesaba como un fardo. 
Llegada a su habitación, la actriz se deshizo del disfraz de tortuga para convertirse en liebre. Sacó la maleta de Violeta y tomó un primer sorbo de whisky para las articulaciones doloridas. Bebió el siguiente, largo y cálido, para aletargar las neuronas y dio un último trago, seco y rápido, para su maltrecho corazón. Se acostó a esperar a que el sueño la sumiera en el olvido, en la paz de la inconsciencia. 
Cómo le dolía todo, cómo le dolía el alma. Se había convertido a ojos de su mejor amiga, su única amiga, en una chivata, en una mojigata delatora. No había calculado bien. Había sido un acto impulsivo, casi como satisfacer una necesidad tan primaria como respirar. 
Se impacientó porque el sueño no le venía. El recuerdo de lo acontecido le quemaba como una brasa. Hizo otro viaje al armario de su compañera de cuarto. Apuró de un solo trago la botella empezada y volvió a la cama. Al poco cayó dormida. La despertó una auxiliar a las ocho de la mañana del día siguiente. 
—Qué raro, Cloti, que usted perdonase anoche la cena. ¿Se encuentra bien? Aunque no cene tiene que tomarse las pastillas y no hubo manera de despertarla. Si no es por el olor la hubiésemos creído en coma. Tiene que salir un momentito de la habitación, han venido los familiares de Violeta a recogerla ¡Parece que se van a vivir juntos Remigio y ella! —dijo muy sonriente. Y abrazada a un juego de sábanas limpias miró por la ventana y suspiró. Dijo: Ay Cloti, es pura verdad lo de que el amor no tiene edad. 
Entonces aparecieron Violeta y su hijo. La enfermera salió dando los buenos días. 
—No se entretenga, señora Clotilde. Venga a desayunar.
—Buenos días —dijo Raúl—¿Dónde tienes tus cosas mamá? ¿Este armario?
—Sí hijo, este de la izquierda.
Raúl sacó la maleta y las botellas quedaron al descubierto.
—Mamá ¿Qué es esto? 
Ambos miraron a Clotilde que agachó la cabeza y se puso a seguir con el dedo indice el estampado de la colcha.
Raúl pasó el whisky al armario de Clotilde sin mediar palabra. Después dejó la maleta sobre la cama y empezó a llenarla de ropa.
Clotilde sintió una fuerte punzada en la cabeza, tenía una aplastante resaca que la aturdía pero no la liberaba de su lucidez. En esta vida hay personas que no se ajustan a convencionalismos, hay momentos en los que una nota  discordante, un verso suelto, aporta el contraste. En los asilos las maletas y el sexo no suelen ser de mucha utilidad. Pero allí estaba Violeta para contradecirlo: una anciana revolucionaria que se negaba a interpretar su papel y hacía uso de ambas cosas. Tenía una mirada brillante, audaz. Es la edad mental la que mueve a las personas.
Violeta cogió de la maleta su pequeño joyero. Palpó la superficie de terciopelo jugando con los verdes tornasolados del ante. Lo abrió y se quedó muy quieta. Su mueca audaz mutó en espanto.
—¿Qué ocurre, mamá?
—La pulsera que me regaló tu padre, no esta.
—¿Qué?
Ambos miraron a Clotilde. 
—¡Yo no he sido! A mí no me mires que yo no he sido, Violeta. La habrás dejado en otro sitio y ahora no te acuerdas. 
—Esa pulsera estaba aquí y en ningún otro sitio —dijo Violeta roja de ira.
Raúl la miro desafiante.
—Esa pulsera era un recuerdo de familia, un regalo de mi padre. Algo que he visto en la muñeca de mi madre desde que era pequeño. Esa pulsera aparecerá como me llamo Raúl ¡Sinvergüenza!

Y la pulsera apareció en una tarde deslumbrante, preciosa, espectacular. Clotilde navegaba por los Fiordos a bordo del Costa Fantasía. Los colores del ocaso impregnaban de amarillo y naranja la realidad. En la cubierta de popa había decenas de hamacas donde la contemplación de los paisajes noruegos hacia a los turistas sobrecogerse en serie. Una azafata se acercó y ofreció a la anciana una manta. La arropó y se la quedó mirando con las manos juntas y la sonrisa condescendiente.
—¿Me harías una foto, bonita? Desde la izquierda. Así, tapadita en la hamaca y con el paisaje detrás.
—Claro que sí. Faltaría más.
Clotilde subió la foto a su muro de Facebook. Escribió: Conmovida por los escarpados acantilados, las bahías infinitas y los pintorescos pueblos noruegos, hoy os doy las buenas noches desde los Fiordos ¡Felices sueños, amigos!
Sonó el teléfono. Era su nieta Sila.
—¡Cariño! Tendrías que verme. La yaya esta en una hamaca a bordo de un barco precioso ¡Precioso!
—Yaya —siguió un silencio tenso—Yaya… ha venido la policía a casa. Me han enseñado unas fotos de la pulsera que me diste para empeñar. Dicen que no era tuya —la nieta empezó a llorar— ¿Cómo has podido, yaya? ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!
Clotilde colgó.
Varios pitidos la alertaron de nuevas notificaciones de Facebook. En apenas diez minutos tenía 17 me gusta.
Alicante ciudad decía: ¡Vaya suerte! Que lo disfrutes con salud.
Hector Campos: Menudo morro que tienen algunas…
Marifé: Cuídate mucho, Cloti. Besos y abrazos.
Clotilde escribió: 

Gracias amigos:))) Soy tan feliz:))) Este viaje es sin duda ¡una experiencia inolvidable!


Texto: Viqui Catalán
Ilustración: María Castro

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