Vista la acogida que ha tenido mi distopía sobre funcionarios, mi blog (http://verdesojosdegatadecalle.blogspot.com.es) ha cuadriplicado el número de visitas, de uno a cuatro lectores, esta semana he decidido de forma totalmente caprichosa, lo mismo que la nubosidad variable, hablar de un tema similar: el feminismo.
Funcionarios y feminismo además de empezar por efe tienen en común que están llenos de dificultades y tienen muchos charcos, generalmente de agua estancada y de poca profundidad, es decir, son terrenos pantanosos. Cuando hay situaciones que privilegian a unos con el menoscabo de otros es natural que quien ostenta el beneficio se ponga bastante terco y criticón en aras a conservar su situación de privilegio. No obstante, con más ilusión que valentía acepto la invitación de La retina feminista.
Lo primero que te viene a la cabeza cuando reflexionas sobre cualquier cuestión, feminismo, sexismo, androcentrismo o precio del gasoil, son los consabidos lugares comunes que has oído cientos de veces sobre el tema. Yo, que en la intimidad me hablo de usted y sé adelantarme a estas cosas, me pido, para evitar las opiniones sobadas, ideas originales, propias, como punto de partida para lo que escriba. La línea de salida es menos uno porque se supone que todo lo que haya oído hasta ahora no me vale. Por eso es que he decidido contestar con lugares comunes pasados por el tamiz de mi experiencia personal, un poco por llevarme la contraria pero sobretodo porque soy consciente de mis limitaciones. Así que observo a mi alrededor para contar que:
Domingo y último día, plazo límite de entrega de este artículo a La retina feminista, he decidido procrastinar y echarme al monte para ver si el ejercicio físico tira del hilo de la madeja de ideas. Después de caminar por Bellús, Ermita Romaguera y Cova Negra de Xàtiva, mis pasos me han llevado hasta Carrícola, la Xispa de la Vall, que hoy celebraba sus fiestas patronales. He acabado en un dinar de germanor en el que hemos comido paella gigante en el frontón municipal unas 300 personas. El pueblo invitaba a los aperitivos, bebida y paella pero al terminar esto han empezado a aparecer bandejas de postres caseros que estaban hechas de forma individual y generosa por las mujeres del pueblo. Y fijaos que hablo de señoras, abuelitas en su mayoría, como las artífices de brazos de gitano, flanes de café y tortas de turrón. En Carrícola, como en el resto del mundo, los postres caseros los hacen las mujeres.
Al terminar de comer, todas juntas, casi nos faltaba cantar al unísono, hemos recogido las mesas. Nuestros platos y los de los hombres, que entendían que no era su responsabilidad llevar los desperdicios hasta los cubos de reciclado, no sea que los vea el vecino y quede en entredicho su hombría. Por tanto, comprobado a pie de frontón el primer lugar común sobre el feminismo: las tareas de casa como cocinar, servir o recoger la mesa siguen siendo patrimonio femenino. Los señores, mientras, beben herbero casero.
Muchos hombres con los que me relaciono cuando tocamos el tema del género me dicen:
Eh, conmigo no va, yo he hecho mis deberes, soy feminista. Pero no es suficiente, les digo, la cosa esta mal, esta a años luz de ser justo. Comprendo que huyen del tema porque se percibe como algo agrio. El pastel ya esta repartido y las reivindicaciones feministas caen mal porque suponen quitarle al comensal de al lado un trozo que ya tenía dentro de la boca. ¿Qué hacer en estos casos? Obvio: Exhortar a escupir, con crueldad feminista, lo comido indebidamente. Porque si constatamos el lugar común de que existe un desigual reparto de las obligaciones familiares que rebate el lugar común de que todo esta bien y las mujeres nos quejamos por y de vicio, el feminismo aparece como una justa reivindicación. Y decir que el debate es áspero y que se busca la paz solo contribuye a perpetuar la desigualdad.
Al llegar a casa tenía la llamada de un amigo que es gay. Es pertinente aclarar su opción sexual porque mis mejores amigos hombres son gays. Tengo también buenos amigos heterosexuales pero con los gays resulta todo más fácil porque entre nosotros la tensión sexual está resuelta. La amistad que se forja entre una mujer y un gay es maravillosa porque es un terreno en el que ambos nos liberamos de los papeles que nos asigna el patriarcado.
En el instituto decíamos que una chica y un chico no pueden ser amigos para referirnos al hecho de que los hombres, desde pequeños, reciben constantes misivas que les refuerzan en la idea de que las mujeres somos, por encima de cualquier otra cosa, objeto de conquista y por ello la gran mayoría, pobres, sólo saben relacionarse con las mujeres a través de la seducción. Y ocurre que, cuando una tiene canas y cierto desinterés en el genero masculino como potencial pareja, observar esos vistosos alzados de cola de pavo real da, sinceramente, cierta penica. Lo digo desde aquí, ahora que no me lee nadie, por si alguno quisiera tomar nota y reflexionar sobre ello.
Victoria Sau en su Diccionario ideológico feminista define el androcentrismo como el enfoque de un análisis desde una perspectiva masculina únicamente y utilización posterior de los resultados como válidos para la generalidad de los individuos, hombres y mujeres. Al leer esto me digo a mi misma: ¡Mira, como mi jefe!
El otro día este sabio señor me dijo, antes de dejarme sin derecho a replica con la palabra en la boca, que él no iba a respetar la flexibilidad horaria que me concede el Ayuntamiento para conciliar la vida laboral y familiar si eso suponía no concederle a otro compañero un permiso de asuntos propios. Quiero aclarar que la flexibilidad horaria es un derecho individual de los trabajadores que puede ser denegado (de forma motivada) por razones de orden público pero que en todo caso está por encima de los permisos de días de libre disposición que pueden concederse o denegarse cuando así lo requiera el buen funcionamiento del servicio.
Mi jefe, al invertir la jerarquía en la conjugación del permiso y del derecho individual busca, en primer lugar, culpabilizarme, por tu culpa otro compañero no puede tomar un día libre, pero además me habla de su visión androcéntrica del problema de la escasez de personal en el servicio: Y es que en Patrimonio histórico del Ayuntamiento de Valencia tener hijos no esta de moda. No es importante, no mola. Así que quiero dejar constancia del siguiente y último lugar común sobre género que ocupará este artículo y es que:
En España la conciliación de la vida laboral y familiar es una burda mentira y no le importa a nadie. Ni en ayuntamientos garantistas ni en el bar de la esquina, simplemente no existe. Es un problema extralaboral porque es sólo, como tradicionalmente ha sido, un problema de mujeres.
Si nos fijamos, el sexismo nos tiene ganada la batalla porque es un sutil juego de culpabilidades, eres agria, eres quejica, eres insolidaria con tus compañeros… Hablamos, en la mayoría de los casos, de acusaciones veladas porque provienen de hechos reprobables. El seductor jamás admitirá haberte tirado los trastos, el que remolonea al recoger su plato te dirá que él "ayuda" en casa y mi jefe si le preguntas será un ferviente defensor de la conciliación familiar. Y así nos tienen, entretenidas desde tiempos inmemoriales, tirando la piedra y escondiendo la mano.
Por eso, para terminar, repetiré como un mantra hasta que me quede claro que yo no soy la culpable de la escasez de personal en mi trabajo por ser madre, que yo no soy antipática por reivindicar un reparto justo de las obligaciones familiares y que tengo perfecto derecho a soñar con relaciones igualitarias con los hombres sin que se halle de por medio el cortejo del pavo real.
Y ya, si nos ponemos en plan utópico y a todo esto le pones un postre casero hecho por un abuelito entrañable, dejaré de repetir mantras para, con amplia sonrisa de persona simpática, empezar a levitar.
Texto: Viqui Catalán
Ilustraciones: María Castro
¿Un poco de música? L´espectre de Maria Antonieta. Manel.


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